A 44 años de una guerra chapucera impuesta por una dictadura y amplificada por la desinformación, Malvinas recuerda que la soberanía no puede construirse sin pueblo, y que esta sigue siendo la única guerra librada en territorio sudamericano cuya disputa permanece abierta.
Por Capitán Cianuro
El ejercicio de la memoria no puede ser superficial ni cómodo. No alcanza con recordar fechas o rendir homenajes: es necesario comprender lo que realmente ocurrió, desnudar las responsabilidades y, sobre todo, evitar que los mismos errores vuelvan a repetirse bajo nuevas formas.
Las Malvinas son argentinas. No solo como consigna histórica o reclamo diplomático, sino como parte de una disputa de soberanía que sigue vigente en pleno siglo XXI. Y esa disputa tiene una particularidad incómoda para nuestra región: es la única guerra librada en territorio sudamericano cuya controversia aún no encuentra resolución definitiva. No es pasado cerrado; es presente tensionado.
Sin embargo, la forma en que esa causa fue utilizada en 1982 no puede separarse del contexto en que ocurrió. El régimen encabezado por Leopoldo Galtieri no consultó al pueblo argentino. Decidió por él. Como hacen todas las dictaduras: sin legitimidad, sin deliberación, sin respeto por la vida. La guerra fue un intento desesperado por sostener un poder que ya se desmoronaba.
Pero no solo se combatió en las islas. También se combatió en el terreno de la información. Medios como Clarín y la revista Gente construyeron un relato que distorsionó la realidad, instalando una sensación de victoria que nunca existió. La desinformación no fue un error: fue parte del engranaje que permitió sostener la ficción mientras la tragedia avanzaba.
En el otro lado del conflicto, la figura de Margaret Thatcher —la llamada “Dama de Hierro”— se consolidó como símbolo de firmeza, pero también como expresión de una política implacable. Su decisión de ir a la guerra no solo respondió a intereses estratégicos, sino que reforzó una lógica donde el poder se ejerce sin contemplaciones. Thatcher encarna, en este contexto, el rostro de una determinación que sembró temor y reafirmó viejas prácticas de dominación.
Entre ambos extremos quedaron los pueblos. Jóvenes enviados a una guerra desigual, mal equipados, mal informados, sacrificados en nombre de decisiones que nunca tomaron. Esa es la marca más profunda de Malvinas: la distancia brutal entre quienes deciden y quienes pagan las consecuencias.
Pero la reflexión no puede quedarse en 1982. Tal como advierte Manuel Martínez Opazo, la guerra no debe transformarse en discurso. Instalar la idea del enemigo, alimentar un nacionalismo desbordado o romantizar el conflicto es abrir la puerta a repetir la historia. Y América Latina ya ha pagado demasiado caro ese tipo de errores.
Desde la Guerra del Pacífico hasta conflictos más recientes en la región, la guerra ha sido utilizada muchas veces como herramienta política. El caso del gobierno de Alberto Fujimori lo demuestra: el conflicto como mecanismo para consolidar poder. Incluso después, decisiones como el indulto otorgado por Carlos Menem a Galtieri dejaron en evidencia cómo la impunidad también forma parte de estas historias inconclusas.
Por eso, pensar en la Patria Grande hoy no es un gesto simbólico. Es una necesidad urgente. Es entender que nuestras disputas no pueden resolverse desde la lógica de la guerra, que nuestros pueblos no pueden seguir siendo utilizados como piezas en juegos de poder, y que la soberanía real solo puede construirse con democracia, verdad y memoria.
Malvinas, entonces, nos deja una doble enseñanza. Por un lado, la legitimidad de un reclamo que sigue vigente y que forma parte de la historia viva de nuestra región. Pero, por otro, una advertencia clara: nunca más una guerra decidida sin el pueblo, nunca más una verdad manipulada, nunca más un nacionalismo que empuje a nuestros países al abismo.
Porque la memoria, cuando es honesta, no solo recuerda: también orienta.
Y hoy, más que nunca, nos señala un camino distinto.
Uno donde la soberanía no se defienda con improvisación ni con sangre joven, sino con democracia, integración y verdad. Uno donde la Patria Grande deje de ser un anhelo y se transforme en una convicción política y humana, capaz de desterrar para siempre la lógica del enfrentamiento entre pueblos que comparten historia, dolor y destino.
Malvinas sigue siendo una causa abierta, pero también una advertencia permanente.
Porque al final, las guerras no las gana nadie: solo gana el desquicio y pierde la humanidad en conjunto.
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