Por Juan Pablo Susel y Mariano Ameghino
La noticia de la muerte del Indio Solari no es solo el fin de una biografía; es un sismo que divide al mundo en dos: aquellos que se emocionan ante el dolor del otro y aquellos a quienes esa tristeza les produce una indiferencia mezquina. Mientras miles lloran la partida de un artista que relata el «más nítido presente», otros se pierden en la queja pequeña por el tránsito o el estacionamiento, incapaces de asomarse al abismo de una pérdida que es, ante todo, colectiva.
El refugio de los huérfanos
El mito del Indio no nació en el vacío. Se forjó en los años 90, cuando el neoliberalismo condenó a toda una generación a una «ruinosa orfandad» y a un horizonte de «no future» difícil de digerir. En ese contexto de desesperación, su poética —una mezcla sofisticada de hermetismo francés y ráfagas de belleza condensadas— se convirtió en el único bien de quienes no tenían nada.
Como bien dicen las voces de la calle: «Los humildes tomamos cariño de donde podemos, el cariño que no nos da la sociedad, los patrones, nos lo dio el Indio». No es solo música; es el reconocimiento de una existencia negada por el sistema. Para muchos, el Indio fue el maestro que no tuvieron, el que les «habló al oído» en la esquina, entre el peligro y la falta de rumbo, para explicarles que «cuando la cosa está mal, hay que pararse de manos». Es una ética de la resistencia envuelta en melodías que hoy son la banda sonora de un duelo nacional.
El retorno del subsuelo
Argentina parece estar siempre a la vuelta de un 17 de octubre. Ese momento en que el «subsuelo de la patria» se hace visible y reclama su lugar. Son los rotos, los desdentados, los nadies de Galeano y también esos trabajadores que, con un poco más de suerte que la que el sistema les tenía reservada, se autodefinen como «sectores medios», pero que en el fondo comparten la misma raíz de desamparo y fe.
Esta marea humana que se ha movilizado en Avellaneda recuerda a otros velatorios monumentales: el de Néstor bajo la lluvia, el de Alfonsín al sol, el caos sagrado del Diego o la despedida eterna de Perón y Evita. Es la misma Argentina que todavía hoy hace rezongar a algunos porque el país se quedó sin flores por culpa del funeral de Evita. Es esa incapacidad de los «mezquinos» de comprender lo que les parece ajeno, esa «galaxia de inhumanidad» que vive lejos del sentir del pueblo.
Empatía o indiferencia
La muerte del Indio nos pone frente a un espejo. De un lado, el pogo más triste del mundo en Plaza Mayo, los amigos compartiendo recuerdos de casettes gastados y la certeza de que se fue «el mejor de nosotros». Del otro, los que no pueden hacer el esfuerzo de entender el amor que no cabe en sus esquemas de orden y comodidad.
El Indio Solari ya vive en la galaxia de los personajes fundamentales del país, esos que son «más grandes que la vida misma». Ante la incomprensión de los que se creen dueños de la nación pero desprecian sus movimientos populares, queda refugiarse en la frase de otro gran poeta patrio: «Si ellos son la patria, yo quiero ser extranjero». Porque la verdadera patria es esa que hoy llora, la que tiene memoria y, sobre todo, la que tiene la capacidad de conmoverse ante el dolor colectivo.

