Vuelve cada año con la misma herida abierta, con los mismos nombres pendientes de justicia. Y aun así, mientras alguien los pronuncie, no habrán desaparecido del todo.
Hay meses que pasan. Septiembre no.
Capitán Cianuro
Septiembre vuelve cada año con una memoria que no envejece, que no se deja domesticar por el calendario ni por el paso de las décadas. Vuelve con los rostros de nuestros detenidos desaparecidos, con sus fotografías gastadas de tanto sostenerlas en las marchas, con sus nombres repetidos como una letanía, y con esas familias que todavía esperan una respuesta que nunca llegó. Vuelve con una herida que después de 53 años sigue abierta, porque hay dolores que no se pueden cerrar con olvido, por más que algunos insistan en pedirlo.
El 11 de septiembre de 1973 no fue solamente el día en que cayó un gobierno. Fue el comienzo de una larga noche de miedo, silencio, muerte y desaparición. Una noche que quiso borrar la memoria de un país entero, apagar sus voces una por una, como si fuera posible desmontar la historia a punta de fusil. Pero hay algo que la violencia nunca pudo matar: la voz. Y esa noche, mientras todo se derrumbaba, también empezó a tejerse, sin que nadie lo supiera todavía, la resistencia de quienes se negarían a olvidar.
Ahí está Allende, en aquel último discurso que todavía atraviesa el tiempo como si se hubiera pronunciado ayer. Su voz aparece entre las ruinas de La Moneda, cuando todo se derrumba y la muerte ya está entrando en la historia, y aun así, increíblemente, habla del futuro. No habla de rendición ni de derrota: habla de lo que vendrá después de él, de las alamedas que algún día volverían a abrirse. Sus palabras siguen teniendo sentido y razón porque hay voces que sobreviven precisamente cuando quienes intentaron callarlas ya no están, y esa es quizás la primera derrota que sufrieron los que creyeron que con las armas alcanzaba.
Y después vino el silencio o el intento de imponerlo.
El 16 de septiembre asesinaron a Víctor Jara. Intentaron silenciar al hombre que cantaba, destruir sus manos, su cuerpo, su vida, como si romper unos dedos pudiera romper también una canción. Pero no pudieron matar su canto. Quedó truncado, sí, interrumpido a la fuerza, pero nunca terminó, porque encontró otra forma de existir: en quienes lo escuchan hoy sin haber nacido entonces, en quienes lo recuerdan sin haberlo conocido, en quienes todavía entienden que cantar también puede ser una manera de resistir, de decir que no, de seguir estando vivo aunque el cuerpo ya no lo esté.
Y el 23 de septiembre, en ese mismo septiembre oscuro que parecía no querer terminar nunca, Neruda también partió. Chile parecía quedarse sin voces, como si la dictadura hubiera logrado, en apenas doce días, silenciar al presidente, al cantor y al poeta. Pero quizás la historia nunca funciona así, quizás nunca ha funcionado así. Los hombres mueren; las voces, cuando pertenecen a la memoria de un pueblo, permanecen, se filtran, se cuelan por debajo de la censura y del miedo, y terminan encontrando siempre a alguien dispuesto a repetirlas.
Y en medio de todo eso, mientras los hombres caían o eran hechos desaparecer, estaban las mujeres que salieron a buscarlos: a sus hombres, a sus hijos, a sus hermanos. Las que golpearon puertas que no se abrían, recorrieron cárceles negando lo evidente, aprendieron a convivir con una ausencia que nunca tuvo sepultura ni certificado ni tumba donde llevar flores. Fueron esas mismas mujeres las que un día decidieron bailar la cueca solas, con un pañuelo blanco buscando en el aire una mano que ya no estaba, convirtiendo una danza de pareja en un acto de memoria y de resistencia pública, en plena calle, en pleno día, desafiando a quienes preferían que todo aquello se olvidara en privado. Ellas no bailaban solas: bailaban con los que faltaban, con los nombres que quisieron borrar de los registros, con los cuerpos que nunca fueron entregados a nadie.
Alguna vez dije que septiembre no me hacía del todo bien. Y es verdad. Me hace mal porque recuerdo. Porque hay ausencias que todavía duelen como el primer día, porque hay nombres que seguimos pronunciando en voz alta para que no se pierdan, y porque todavía existen familias que nunca pudieron despedirse como corresponde, sin un cuerpo, sin un lugar, sin un cierre, pero no voy a dejar de recordarte…No ahora. No mañana. Nunca.
Porque recordar no es quedar atrapados en el pasado, como algunos quieren hacer creer para desacreditar la memoria. Recordar es, más bien, impedir que la mentira ocupe el lugar de la verdad. Es mirar a nuestros muertos y decirles que no fueron olvidados, que su nombre sigue significando algo. Es mantener encendida una memoria que nos obliga, todos los años, a defender aquello que tanto costó recuperar: la democracia, la dignidad y la libertad, palabras que a fuerza de repetirse corren el riesgo de vaciarse, pero que detrás siguen teniendo cuerpos, rostros e historias concretas.
Septiembre me hace mal, pero te recuerdo. Ahora y siempre.
Y mientras alguien pronuncie sus nombres, mientras una mujer vuelva a bailar una cueca frente a una ausencia, mientras Víctor siga cantando en la voz de quien lo escuche por primera vez, y mientras las palabras de Allende continúen atravesando el tiempo como si acabaran de ser dichas, ellos seguirán estando entre nosotros. No como fantasmas del pasado, sino como una presencia activa que sigue exigiendo respuestas.
Por nuestros desaparecidos, por nuestra memoria, por quienes fueron y por quienes vienen…NUNCA MÁS.

