Murió el Hermano Pascual, el hombre al que miles buscaron para sanar en Varela y el país

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Murió Pascual Donato Morel, conocido como el Hermano Pascual. Tenía 71 años y durante décadas convocó a miles de personas en Florencio Varela, donde su historia quedó ligada a El Campito, la fe y los testimonios de quienes acudían en busca de alivio.

Durante décadas, miles de personas llegaron hasta él con una esperanza: que pudiera ayudarlas cuando la enfermedad, el dolor o la desesperación ya no dejaban demasiadas puertas abiertas.

Pascual Donato Morel, el hombre que Florencio Varela y el país aprendió a llamar simplemente el Hermano Pascual, murió este viernes. Tenía 71 años.

Su muerte cierra una historia que empezó muy lejos de Varela, en Villa Guillermina, Santa Fe, y que terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos religiosos populares más singulares del sur del Gran Buenos Aires y de la Argentina.

Porque antes de que existiera El Campito, antes de las interminables filas y de los números que se repartían entre quienes llegaban desde distintos puntos del país, estaba Pascual.

Y estaba Colonia Piloto.

Incluso hoy, los registros oficiales conservan esa huella: el domicilio fiscal de Pascual Donato Morel figuraba en Colonia Piloto, Villa Guillermina, el mismo territorio santafesino donde ubican los primeros años de su actividad como referente espiritual. Y al que volvió all

Después vendría Varela.

Y con Varela, una historia que durante décadas creció alrededor suyo entre la fe, los testimonios de quienes aseguraban haber encontrado alivio y una pregunta que nunca terminó de tener una única respuesta: qué había realmente detrás del hombre al que miles llamaron sanador.

El principio estaba en Santa Fe

Pascual había nacido el 17 de mayo de 1955 en Villa Guillermina, una localidad del norte santafesino marcada por la historia de La Forestal.

Allí comenzó a ser conocido como Pascualito. Despues se mudó a Florencio Varela.

Cuando su actividad en Florencio Varela no le dio descanso, porque su presencia empezó a convocar a personas que llegaban desde distintos puntos del país. La noticia viajaba de boca en boca y las historias sobre su manera de acompañar y bendecir a quienes atravesaban enfermedades fueron multiplicándose. Se mudó otra vez a Santa Fe.

Y entonces, en ese paraje de Villa Guillermina, los caminos rurales comenzaron a recibir vehículos que llegaban cargados de personas.

También de ladrillos.

Según las reconstrucciones de aquellos años, quienes acudían al lugar colaboraban con materiales para levantar instalaciones en el predio donde se reunían. Los colectivos podían llegar desde otras provincias y algunos visitantes permanecían allí durante horas o incluso pasaban la noche esperando.

La dimensión del fenómeno fue creciendo hasta transformar un punto perdido del norte santafesino en un lugar de peregrinación.

El hombre detrás de la leyenda del Hermano Pascual

Su historia también quedó vinculada con la Iglesia de Quilmes y con la figura del entonces obispo Jorge Novak, una relación que aparece mencionada en distintas reconstrucciones periodísticas de su vida.

Durante años circuló la versión de que Novak habría reconocido en Pascual un supuesto “don de curar”. Esa afirmación forma parte de la tradición construida alrededor de su figura, aunque todavía no aparece localizado el documento original que permita atribuirle esas palabras de manera directa.

Pascual tampoco buscó convertirse en una celebridad.

Por el contrario, las distintas reconstrucciones de su vida coinciden en señalar su escasa exposición pública. No construyó su fama desde grandes entrevistas ni desde una presencia permanente en los medios.

Su nombre avanzó por otro camino.

El de quienes iban, volvían y contaban.

Hasta que volvió Varela

Primero fueron encuentros más pequeños.

Después llegaron las esperas.

Y finalmente apareció El Campito.

En una zona rural de Florencio Varela, el nombre de Pascual terminó convirtiéndose en una convocatoria que desbordaba cualquier dimensión parroquial.

Llegaban personas desde distintos puntos del conurbano y también desde otras provincias.

Había quienes viajaban durante horas.

Quienes llegaban de madrugada.

Quienes llevaban reposeras.

Quienes esperaban durante buena parte del día.

Y estaban los números.

El sistema de atención se convirtió con el tiempo en una postal del fenómeno: cientos y, en determinados momentos, miles de personas esperando su turno para acercarse a Pascual.

En 2017, cuando volvió a atender después de un largo período de ausencia, la convocatoria volvió a ser multitudinaria. Hubo jornadas en las que se repartieron alrededor de 1.500 números por día.

El fenómeno no había desaparecido.

Había estado esperando.

Entre la fe y las historias de sanación

A Pascual se le atribuyeron numerosas historias de personas que aseguraban haber encontrado alivio después de verlo.

Algunas quedaron registradas en medios de comunicación.

Otras se transmitieron durante años entre quienes acudían al Campito.

Pero una cosa fue la experiencia de quienes creían en él y otra, distinta, la comprobación médica de esas historias.

La leyenda de Pascual creció precisamente en ese territorio donde la fe, la enfermedad y la esperanza se cruzaban.

También allí nació uno de los relatos más conocidos sobre su figura: la supuesta curación de la conductora Lidia Satragno, Pinky.

La historia llegó a instalarse durante años como parte de la leyenda del Hermano Pascual. Sin embargo, Pinky negó públicamente haber sido atendida o curada por él y también rechazó la versión de que le hubiera donado el predio.

La historia quedó entonces como una de las grandes contradicciones alrededor del personaje.

Y quizás también como una muestra de cómo se construyen las leyendas populares.

Cuando Pascual desapareció

En 2015 llegó uno de los momentos más difíciles.

Pascual dejó de atender en Florencio Varela y se retiró de la escena pública.

Durante un tiempo, quienes acostumbraban a buscarlo tuvieron que conformarse con mensajes que circulaban entre sus seguidores.

Después de aproximadamente un año y medio, volvió.

Y cuando regresó, quedó demostrado que su nombre no había perdido fuerza.

En 2017, miles de personas volvieron a acercarse para verlo.

El fenómeno seguía allí.

También siguieron los años de actividad, las jornadas de atención y las largas esperas.

Hasta que la enfermedad comenzó a formar parte de su propia historia.

Esta vez, la oración era por él

En 2020, durante la pandemia de coronavirus, Pascual fue internado en el Hospital El Cruce después de contraer COVID-19.

La noticia provocó entonces algo que se repetiría años después: cadenas de oración por su recuperación.

En 2026 volvió a atravesar problemas de salud y tuvo nuevas internaciones.

En septiembre, cuando su estado volvió a preocupar a quienes lo conocían y a sus seguidores, el Obispado de Quilmes pidió públicamente oración por él.

La institución religiosa recordó entonces que Pascual había acompañado durante muchos años a numerosos hombres y mujeres y pidió rezar por su salud y por su familia.

La escena tenía algo de círculo cerrado.

Durante décadas, la gente había llegado hasta Pascual para pedirle una bendición.

Ahora eran ellos quienes rezaban por Pascual.

El último capítulo

Este viernes, después de 71 años de vida, murió Pascual Donato Morel.

El hombre nacido en Villa Guillermina que terminó convirtiéndose en el Hermano Pascual de Florencio Varela.

El hombre que recibió durante décadas a personas que llegaban cargadas de enfermedades, pedidos, fotografías y esperanzas.

El hombre que construyó alrededor suyo una historia en la que convivieron la fe, las dudas, los testimonios y las leyendas.

Quizás por eso su muerte no sea solamente la desaparición de un hombre.

También es el final de una época.

Porque hubo un tiempo en que para encontrar a Pascual había que preguntar por un camino de tierra, seguir las indicaciones de quienes ya habían ido y esperar.

Esperar mucho.

Hoy ya no hay número que sacar.

Ni fila que esperar.

Ni camino que seguir para encontrarlo.

Queda la historia.

La de un hombre que llegó desde Villa Guillermina y terminó haciendo de un rincón rural de Florencio Varela un lugar al que durante décadas llegaron miles de personas buscando algo que no siempre podía explicarse con palabras.

Para algunos fue un sanador.

Para otros, un hombre de fe.

Para muchos, simplemente el Hermano Pascual.

Y para Florencio Varela, desde ahora, será también parte de su memoria.

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