¿Quién fabrica el clima que vuelve inevitable una victoria?

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Se nos repite que América Latina gira a la derecha porque «la gente se cansó de la izquierda». Es una explicación cómoda y, por eso mismo, sospechosa. Chile y Argentina conocen bien el truco: antes de que abramos la papeleta, alguien ya decidió de qué debíamos hablar, a qué debíamos temer y a quién culpar.

Capitán Cianuro

Hay explicaciones que no sirven para entender, sino para dejar de preguntar. «La gente se cansó de la izquierda» es una de ellas. Se repite en los paneles de televisión, en los editoriales y en las sobremesas con la solemnidad de quien descubre la pólvora. Tiene la virtud de no incomodar a nadie, y ahí está su defecto: pretende cerrar un debate que apenas empieza.

Porque una elección no comienza el día en que se abren las urnas. Mucho antes ya existe un clima político, y ese clima no cae del cielo como la lluvia. Alguien decidió qué problemas debían ocuparnos la cabeza, qué miedos debían movilizarnos y quién debía aparecer como culpable de todo lo que funciona mal. Y ese alguien rara vez se presenta a elecciones.

Brasil lo muestra con crudeza. Lula no se enfrenta solo a un hijo ni a un candidato de estatura política comparable a la del padre. Se enfrenta a un apellido que funciona como contraseña, una clave que abre la puerta a una porción de la sociedad brasileña que halló en Jair Bolsonaro una representación. Y esa conexión no se explica sin una historia de desigualdad, racismo y clasismo que nadie ha terminado de saldar. Basta recordar que Brasil fue el último país independiente de América en abolir la esclavitud: la Ley Áurea llegó en 1888, tras casi cuatro siglos. Cuesta creer que una herida así cicatrice sola, sin que nadie la explote.

Aun así, reducir lo que ocurre allí a un duelo de apellidos sería quedarse en la espuma. Lo que se disputa es mucho más grande: quién tiene la capacidad de escribir las reglas del juego en sociedades donde el poder económico, financiero y tecnológico alcanzó proporciones que ningún constituyente imaginó.

Mientras discutimos si el pueblo se volvió de derecha o de izquierda, ocurre otra transformación, y ocurre a plena luz. Las grandes plataformas tecnológicas, los mercados financieros, los conglomerados mediáticos y los dueños de cantidades obscenas de información tienen una capacidad inédita para intervenir en la conversación pública. La pregunta democrática ya no es solo quién gobierna. Es quién consigue fijar de qué se habla antes de que lleguemos a votar.

Chile lo sabe de memoria. Su concentración mediática no es un rumor de redes sociales ni una obsesión de resentidos: ha sido estudiada durante años, y las investigaciones académicas encuentran una alta concentración tanto en la propiedad de los medios como en los temas que dominan la cobertura. Es el país donde un puñado de grupos lleva décadas decidiendo qué es «sensato», qué es «extremo» y qué merece ser llamado «realismo». No hace falta imaginar una conspiración con sala de reuniones y organigrama. Basta con que unos pocos tengan el megáfono y los demás el oído. Llamar «debate público» a eso es, como mínimo, generoso.

Argentina también lo sabe, y lo sabe con una fluidez envidiable. Allí se ha perfeccionado el arte de convertir el malestar en espectáculo: la crisis diaria servida en cadena, el enemigo de turno con nombre y apellido, la «casta» como explicación universal de todos los males y la motosierra como respuesta estética a problemas que nunca se explican del todo. Un país entero fue entrenado durante años, panel tras panel, a creer que el sufrimiento tenía un único culpable y una única cura. Cuando por fin se vota, el resultado se presenta como un acto de rebeldía espontánea. Qué conveniente que la rebeldía coincida tan bien con los intereses de quienes ya mandaban.

De ahí la pregunta que deberíamos hacernos frente a las redes, los algoritmos y las posibles operaciones de manipulación digital. ¿Cuánto de lo que creemos que piensa la sociedad es de verdad una mayoría, y cuánto es el eco de meses de exposición a los mismos mensajes, las mismas imágenes, los mismos enemigos y los mismos miedos?

Conviene ser claro: no digo que las elecciones se roben. La pregunta es más perturbadora. ¿Qué tan libre es nuestro voto cuando alguien puede pasar meses diciéndonos qué temer, qué odiar, qué problema debe obsesionarnos y, sobre todo, qué piensa supuestamente la mayoría?

Aquí está el nudo. Manipular directamente una elección es burdo y arriesgado. Intervenir sobre el clima que la precede es infinitamente más fino. No hace falta cambiar un voto si se logran cambiar antes las condiciones emocionales, informativas y culturales en las que ese voto se forma. Es el fraude perfecto: nadie lo ve, nadie lo denuncia, y el resultado llega con papeleta y todo.

Por eso resulta tan insuficiente el «la gente se cansó». ¿Se cansó? Probablemente sí, en muchos casos. Pero ¿de qué, y por qué? ¿Quién logró convertir ese cansancio en miedo, ese miedo en indignación y esa indignación en una opción política concreta? Esa cadena de conversiones no es obra del azar. Tiene autores, tiene presupuestos y, a menudo, tiene muy buenos contadores.

Lo mismo vale para el otro cliché. Si un gobierno llega al poder con respaldo electoral y a los pocos meses enfrenta niveles extraordinarios de rechazo, decir que «la gente se arrepintió» tampoco alcanza. Hay que mirar lo que ocurrió entre la urna y el abismo. Qué noticias dominaron la conversación. Qué imágenes se repitieron hasta el hartazgo. Qué crisis se amplificaron y cuáles se silenciaron. Qué cuentas hicieron circular determinados mensajes. Qué algoritmos premiaron la indignación porque la indignación deja más clics que la reflexión. Y quién consiguió instalar la sensación de que una posición ya era la opinión de la mayoría.

Por eso resulta tan insuficiente el «la gente se cansó». ¿Se cansó? Probablemente sí, en muchos casos. Pero ¿de qué, y por qué? ¿Quién logró convertir ese cansancio en miedo, ese miedo en indignación y esa indignación en una opción política concreta? Esa cadena de conversiones no es obra del azar. Tiene autores, tiene presupuestos y, a menudo, tiene muy buenos contadores.

Lo mismo vale para el otro cliché. Si un gobierno llega al poder con respaldo electoral y a los pocos meses enfrenta niveles extraordinarios de rechazo, decir que «la gente se arrepintió» tampoco alcanza. Hay que mirar lo que ocurrió entre la urna y el abismo. Qué noticias dominaron la conversación. Qué imágenes se repitieron hasta el hartazgo. Qué crisis se amplificaron y cuáles se silenciaron. Qué cuentas hicieron circular determinados mensajes. Qué algoritmos premiaron la indignación porque la indignación deja más clics que la reflexión. Y quién consiguió instalar la sensación de que una posición ya era la opinión de la mayoría. 

No es que América Latina gira a la derecha. Ni siquiera si la gente se cansó de la izquierda. Esas son las preguntas que el poder nos deja hacer, porque ninguna lo incomoda.

La pregunta que sí lo incomoda es quién fabrica el clima social que hace que una victoria termine pareciendo inevitable.

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