De Milei a Fujimori, pasando por los aspirantes a caudillos que convierten la política en un espectáculo de egos, mentiras y gestos circenses, América Latina parece empeñada en premiar a quienes confunden gobernar con montar un show. El problema es que, cuando se apagan las cámaras, las consecuencias las paga la gente.
Capitán Cianuro
La visita de Javier Milei a España terminó pareciéndose más a un espectáculo de humor involuntario y de mala clase que a una demostración de liderazgo internacional. Apenas consiguió acercamientos políticos relevantes, mientras su presencia en un aula universitaria pública lo dejó prácticamente hablando solo, dirigiéndose a las sillas como si estas fueran una audiencia entregada a su genialidad. Una imagen bastante elocuente para alguien que acostumbra presentarse como protagonista de una revolución mundial.
Pero Milei nunca desperdicia una oportunidad para convertir la política en una puesta en escena de sus obsesiones obscenas. Esta vez, la estrella fue un libro de economía que, según relató, le provocaba más excitación que la que sintió al leer su primera revista Playboy. En su universo, hasta la economía necesita pasar por el filtro sexual. No sabemos si se trata de una estrategia comunicacional, de una provocación calculada o de la incapacidad de abandonar un discurso adolescente. Lo cierto es que resulta bastante pobre que un presidente necesite recurrir permanentemente a estas referencias para llamar la atención.
Hace tiempo señalé que Milei tenía ciertos rasgos que evocaban, salvando las distancias históricas, a Calígula. No porque las comparaciones históricas deban tomarse literalmente, sino por esa combinación de extravagancia, culto personal y comportamientos que convierten el ejercicio del poder en un espectáculo difícil de distinguir de la caricatura. La conocida relación de Milei con su hermana, sus referencias a sus perros y sus afirmaciones sobre supuestas comunicaciones con ellos alimentan una imagen pública que, por momentos, parece salida de una tragicomedia política.
Sin embargo, el problema de Argentina no es solamente Milei. Como dijo en su momento José Mujica, “el fenómeno no es Milei, sino quienes lo votaron”. Yo agregaría algo más: también quienes todavía lo sostienen, justifican sus exabruptos y defienden sus decisiones a pesar de sus consecuencias sociales. Porque una cosa es votar por una alternativa política y otra muy distinta es convertir la adhesión en una renuncia absoluta al pensamiento crítico.
Cuando un presidente proclama cifras que no se corresponden con la experiencia cotidiana de millones de personas, presenta sus propios indicadores como verdades indiscutibles y pretende que la realidad se adapte a su relato, el debate deja de ser estrictamente económico. Se convierte en una discusión sobre la capacidad de una sociedad para distinguir entre propaganda y resultados. Y mientras se celebra el espectáculo, el empobrecimiento y la pérdida de derechos dejan de ocupar el centro de la conversación.
Este parece ser el nuevo patrón de ciertos liderazgos: personalidades estridentes, discursos cargados de afirmaciones grandilocuentes, una relación despreocupada con la verdad y una política reducida a la representación teatral. El gobernante ya no necesita demostrar que administra bien; necesita mantener encendida la cámara, fabricar un enemigo y ofrecer diariamente una nueva función.
Pero este fenómeno no solo es propio de Argentina, si nos acercamos a Colombia, veremos Abelardo de la Espriella y su saludo de campaña «Firme por la patria» representan esa penosa teatralización de la política, acompañada de una retórica de mano dura que promete perseguir criminales. Pero conviene recordar que la seguridad no se construye con saludos circenses ni con amenazas pronunciadas ante los micrófonos. Se construye con instituciones, investigaciones y decisiones que alcancen también a quienes tienen poder, dinero o conexiones. La lucha contra el crimen pierde credibilidad cuando parece más preocupada de producir imágenes para la televisión que de enfrentar las redes que realmente lo sostienen, el ex abogado de narcos.
En Perú, Keiko Fujimori vuelve a encarnar otra variante del mismo problema: las promesas electorales que se desvanecen cuando llega el momento de responder por la gestión. Frente a la amenaza de inundaciones y al desborde del río en Piura, la ciudadanía necesita prevención, recursos y respuestas concretas, no resignación envuelta en declaraciones oficiales. Cuando las autoridades presentan las limitaciones de su gestión como si fueran un destino inevitable, el espectáculo político termina encubriendo la ausencia de soluciones.
En todos estos casos aparece la misma paradoja: una parte del electorado acepta cualquier cosa con tal de impedir que gobierne el adversario. Se vota contra los comunistas, contra los terrucos, contra la izquierda o contra cualquier enemigo convenientemente construido. Pero, en el afán de evitar una enfermedad, se termina aceptando un remedio que puede resultar todavía peor.
Por eso, el llamado Escudo de las Américas, impulsado por Donald Trump y respaldado por gobiernos de la región, merece una lectura que vaya más allá de las fotografías, las adhesiones y los discursos de unidad. Cuando quince países se alinean detrás de una iniciativa promovida desde Washington, cabe preguntarse si estamos ante una cooperación soberana o ante una nueva forma de subordinación política. Si la prioridad es complacer al poder estadounidense antes que responder a las necesidades de sus propios pueblos, el escudo termina protegiendo intereses ajenos mientras las sociedades quedan expuestas a sus propias crisis.
Más que un escudo, aquello corre el riesgo de convertirse en una jaula de delirantes: gobernantes encerrados en sus fantasías de grandeza, convencidos de que sus gestos valen más que sus resultados y de que la obediencia ideológica puede sustituir a la responsabilidad pública.
Volviendo a Milei, hay algo todavía más absurdo cuando califica de dictador a Pedro Sánchez. Un dictador, por definición, concentra el poder y restringe libertades fundamentales; no basta con que un presidente te desagrade para adjudicarle semejante condición. Además, Milei pudo entrar en España, expresarse públicamente e insultar al jefe del Gobierno español. Esa posibilidad no demuestra por sí sola que una sociedad sea plenamente democrática, pero sí deja en evidencia la ligereza con que algunos utilizan la palabra dictadura como arma política.
El verdadero peligro no está únicamente en estos personajes, sino en las sociedades que terminan acostumbrándose a ellos. Porque los delirios de un gobernante pueden durar un mandato, pero sus consecuencias económicas, institucionales y sociales pueden prolongarse durante décadas.
Y mientras sigamos alimentando el circo, aplaudiendo a sus protagonistas y confundiendo la provocación con el liderazgo, salir de esa jaula será cada vez más difícil. La pregunta ya no es cuánto tiempo más podrán sostener el espectáculo, sino cuánto tiempo tardaremos nosotros en comprender que el precio de la entrada lo estamos pagando entre todos y cada día este fulero espectáculo nos sale más caro.
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