San Martín jamás le habría escrito a Milei

Date:

Cuando el poder necesita que hasta los muertos lo feliciten, ya no basta con gobernar: también hay que reescribir la historia.

Capitán Cianuro

¿Vieron el video difundido este 17 de agosto, precisamente cuando Argentina conmemora los 172 años del fallecimiento del general José de San Martín, en el que el “Libertador”, adicto al clonazepam, aparece mediante inteligencia artificial, escribiéndole a Javier Milei para expresarle su supuesto orgullo por los “logros” alcanzados por su gobierno? Hay algo profundamente revelador en esa escena: cuando los vivos ya no alcanzan para respaldar al poder, siempre queda la posibilidad de hacer hablar a los muertos, aunque esto ya nos parezca patético, es una realidad que se debe asumir como otras de las muchas desinteligencias del poder.

Más que un homenaje, el video resulta deplorable. Y no porque San Martín necesite que alguien salga en su defensa, sino porque una figura histórica de semejante dimensión termina convertida en actor involuntario de una propaganda política contemporánea de mala clase. 

San Martín  pasó buena parte de su vida luchando contra el dominio colonial, aparece ahora convertido, gracias a la tecnología, en una especie de comentarista oficial del gobierno de Milei. Sólo faltó que terminara el mensaje recomendando comprar dólares y criptomonedas. La ironía sería divertida si no escondiera algo bastante más serio.

El Libertador  luchó precisamente contra aquello que el actual gobierno argentino parece mirar con una admiración difícil de disimular: el sometimiento colonial, la subordinación política y la dependencia respecto de una potencia extranjera. Su proyecto no consistió en entregar la soberanía argentina a nadie, sino en conquistarla. No buscó la aprobación de los poderosos, sino enfrentarlos cuando fue necesario. Y entendió, mucho antes de que existieran los actuales mapas políticos, que la independencia latinoamericana no podía reducirse a cambiar una bandera por otra mientras permanecían intactas las relaciones de subordinación.

Su campaña libertadora no terminó en la frontera argentina. Cruzó los Andes hacia Chile y luego continuó hacia el Perú: ambos territorios forman parte inseparable de esa historia. San Martín pensaba en términos de emancipación continental porque comprendía algo elemental, pero decisivo: una nación puede declararse independiente y, aun así, seguir siendo dependiente.

Por eso resulta grotesco imaginarlo felicitando a un presidente cuya política exterior ha hecho de la cercanía con Estados Unidos uno de sus principales ejes, que reivindica una relación privilegiada con los grandes poderes económicos y que, demasiadas veces, parece confundir la soberanía con una palabra antigua que conviene pronunciar en los discursos patrióticos. La imagen de Javier Milei como una suerte de perro faldero de Donald Trump no solo resulta políticamente lamentable; también revela, en muchos aspectos, la pequeñez con que entiende el ejercicio del poder y la idea misma de soberanía.

Pero el asunto no es solamente Milei. El problema es mucho más profundo y tiene que ver con algo todavía más delicado: la utilización política de la memoria, la apropiación de figuras históricas para hacerlas decir, desde el presente, aquello que jamás dijeron y convertirlas en instrumentos de legitimación de proyectos políticos que contradicen, precisamente, el sentido de sus propias luchas.

Porque Milei no se limita a gobernar el presente: también parece necesitar controlar el relato sobre el pasado. Y cuando el pasado no coincide suficientemente con el discurso oficial, siempre existe la posibilidad de editarlo, maquillarlo y, llegado el caso, ponerle una voz artificial.

Así, los próceres dejan de ser personajes históricos complejos, contradictorios y discutibles para convertirse en estampitas ideológicas. San Martín puede ser presentado como libertario, Belgrano como liberal, Sarmiento como profeta del presente y cualquier figura histórica puede terminar cuidadosamente acomodada en el álbum de figuritas de la política contemporánea. La historia deja entonces de ser memoria para convertirse en utilería y propaganda de mala monta.

El procedimiento es bastante sencillo: se toma a una figura respetada, se le atribuyen palabras que jamás pronunció y se la hace aparecer felicitando al gobierno de turno. Después se difunde el video, se comparte en redes sociales y, entre algoritmos y consignas, la ficción empieza a circular con apariencia de verdad.

Es una vieja práctica política con tecnología nueva.

Antes se manipulaban fotografías, se retocaban discursos o se inventaban anécdotas. Ahora podemos resucitar digitalmente a los próceres y hacerlos decir exactamente aquello que necesitamos que digan. El muerto perfecto, además, tiene una ventaja extraordinaria: jamás podrá salir a desmentirnos.

No se trata de impedir que la inteligencia artificial recree personajes históricos. Puede ser una herramienta educativa, cultural e incluso artística. El problema aparece cuando la ficción se utiliza como propaganda y se pretende vestir de autoridad histórica aquello que no es más que una construcción política.

San Martín no necesita convertirse en mileísta. Tampoco necesita ser peronista, socialista, radical ni militante de ninguna otra corriente. Su legado pertenece a la historia, no al departamento de marketing de ningún gobierno.

Los próceres no necesitan ser convertidos en militantes imaginarios del poder. Mucho menos cuando ese poder necesita hacerlos hablar para obtener una legitimidad que el presente, aparentemente, no consigue producir por sí mismo.

Porque hay algo profundamente paradójico en todo esto: un gobierno que reivindica la libertad termina necesitando poner palabras en boca de alguien que ya no puede ejercer la suya. Y quizá allí esté la verdadera enseñanza de este episodio.

La historia puede discutirse, interpretarse, revisarse y hasta incomodarnos. Lo que no debería hacerse es obligarla a decir exactamente lo que el poder necesita escuchar.

Porque cuando un gobierno necesita que hasta San Martín lo felicite, tal vez el problema no sea que el Libertador haya cambiado de opinión.

Tal vez el problema sea que alguien necesita desesperadamente que parezca que la historia está de su lado.

Compartir artículo

Suscribirte

Popular

Te puede interesar
Relacionado

Edición impresa 21/8: San Francisco, jefa policial denunciada y más

La tapa de hoy repasa el doble crimen de San Francisco a una semana del hecho, la denuncia contra una jefa policial, el juicio por la muerte de Renzo Godoy y el inicio de obras en Monteagudo.

Gases y balas de goma: incidentes entre hinchas de Gimnasia y la Policía en Florencio Varela

Un operativo policial con uso de gases y balas...

Quilmes erradicó un basural histórico en Ezpeleta Oeste y lo convirtió en espacio público

El Municipio de Quilmes erradicó un basural en Ezpeleta...

Balor respaldó la lista de la CTA Autónoma en Berazategui y se homenajeó a Abdala y Ubaldini

El intendente de Berazategui, Carlos Balor, participó de la...