La motosierra del enfermo

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Ya conocíamos sus locuras, ahora solo queda el daño.

Capitán Cianuro

Lo sabíamos, desde que apareció gritando en los programas, con la motosierra en la mano y los ojos desorbitados, Javier Milei mostró lo que era: un personaje histriónico, egótico, obsesionado con destruir todo lo que no entra en su manual de dogmas. Las locuras del enfermo no son novedad. El problema es que ahora esas locuras tienen poder real y están destrozando el tejido social del país. Lo que antes era un show de televisión se convirtió en política de Estado, y el costo lo pagan millones de argentinos que no aparecen en sus discursos ni en sus cadenas de X.

Prometió libertad y terminó imponiendo un ajuste eterno que solo sirve para sostener un superávit contable mientras la gente se hunde. En el primer semestre de 2026 la pobreza volvió a subir al 32,3 % de la población en los principales centros urbanos, según el INDEC. El número representa un salto de 4,1 puntos porcentuales respecto del segundo semestre de 2025, cuando había bajado al 28,2 %. La indigencia también empeoró: pasó del 6,3 % al 7,5 %. Hay casi 9,7 millones de personas pobres y 2,25 millones de indigentes dentro del universo que mide el organismo. Proyectado al total del país, se acerca a los 15,5 millones de argentinos por debajo de la línea de pobreza… aunque Milei en su mundo paralelo diga que ha sacado a millones de la pobreza, seguro que sí, para hacerlos más pobres. Casi la mitad de los chicos menores de 15 años —el 44,5 %— viven en hogares pobres. En el Noreste la pobreza supera el 41 %, en Cuyo el 36 % y en el conurbano bonaerense se acerca al 37 %. Los números no son abstractos: son familias que ya no llegan a fin de mes, comedores que vuelven a saturarse y niños que crecen sin lo mínimo.

Esa pobreza infantil no se queda en la mesa vacía. Se mete en el aula y destroza el futuro. Según las pruebas PISA 2025, la brecha entre el 25 % de estudiantes más pobres y el 25 % más ricos ronda los 80 puntos en Matemática, Lectura y Ciencias: el equivalente a cuatro años de escolaridad. Los chicos de hogares vulnerables obtienen resultados comparables a los de países con sistemas educativos mucho más débiles. El 33,8 % de los adolescentes de menores recursos faltó al menos un día completo a clase en las dos semanas previas a la evaluación, muchas veces porque deben cuidar hermanos, ayudar en la casa o trabajar. Cuatro de cada diez jóvenes de los sectores más pobres no terminan el secundario. La repitencia es casi cinco veces más alta entre ellos. Y cuando llegan a la universidad, muchos necesitan talleres de lectocomprensión porque arrastran déficits básicos. Mientras tanto, los recortes en programas de alfabetización, infraestructura escolar y fondos docentes profundizan la desigualdad. La pobreza no solo limita el presente de los chicos: condiciona de manera estructural el capital humano del país.

Mientras tanto, el resto de América Latina muestra un panorama distinto. Según la CEPAL, la pobreza por ingresos en la región alcanzó en 2024 el nivel más bajo desde que hay registros comparables: 25,5 % de la población. Brasil y México explicaron gran parte de esa reducción con políticas que combinaron transferencias, recuperación del salario real y crecimiento del empleo. Chile y Uruguay mantienen tasas de pobreza muy inferiores a las argentinas. Argentina, con su 32,3 %, vuelve a ubicarse claramente por encima del promedio regional en un momento en que la región, con avances frágiles, al menos no está revirtiendo de manera tan marcada lo ganado.

El deterioro pone fin a la etapa de descenso que el Gobierno había celebrado como prueba de éxito. Después del pico extremo del primer semestre de 2024, cuando la pobreza llegó al 52,9 % por el impacto de la devaluación y el ajuste inicial, el indicador fue bajando hasta tocar en la segunda mitad de 2025 su nivel más bajo desde 2018. Esa mejora se detuvo y se revirtió. Los ingresos de las familias no alcanzaron a cubrir el aumento de las canastas básicas: mientras el ingreso per cápita familiar creció alrededor del 11,5 %, el costo de la canasta total subió cerca del 20 %. Los salarios reales siguen por debajo de diciembre de 2023 en amplios segmentos de la población. El empleo formal privado lleva más de un año de caída continua. La actividad económica se enfría: el PIB se contrajo en el segundo trimestre y en julio se desplomó casi un 3 % mensual. Industria, construcción y comercio retroceden. Solo crecen los sectores extractivos que no generan trabajo masivo ni dinamizan el mercado interno.

Él, en vez de asumir el fracaso, sigue con el mismo discurso de siempre: “es la casta”, “es el estatismo”, “hay que aguantar”. Como si el sufrimiento de millones fuera un detalle menor en su película personal. Para mantener el número mágico del superávit vuelve a cortar. Obra pública casi inexistente, jubilaciones y planes sociales más magros en términos reales, transferencias a las provincias asfixixiadas, gasto de capital en mínimos históricos. Cada vez que la recaudación baja porque el consumo se derrumba, la motosierra vuelve a funcionar. Es un círculo vicioso que él mismo creó y del que no quiere salir porque su ego no se lo permite. Prefiere seguir cortando antes que admitir que el modelo no genera empleo ni ingresos dignos para la mayoría.

Conocemos al personaje que insulta a periodistas, el que habla de “parásitos”,  que se cree el iluminado capaz de salvar a la Argentina mientras destruye lo poco que quedaba de red de contención. Quien confunde gobernar con hacer show y que necesita un enemigo permanente para sostener su relato. Ahora vemos el resultado concreto: estabilidad macro para los que especulan y pobreza creciente para los que laburan o ni siquiera consiguen laburo. La inflación bajó, sí. Pero a costa de un país que se detiene, se empobrece y se hastía. La estabilidad sin trabajo y sin poder de compra no es un logro: es una foto engañosa que oculta el deterioro social.

Las encuestas ya lo marcan con claridad. Más del 60 % desaprueba su gestión. Entre los sectores de menores ingresos el rechazo se acerca al 70 %. La confianza en el Gobierno está en su nivel más bajo desde que asumió. La gente que le creyó el cuento del cambio ahora ve que el cambio era solo para él y para su círculo de fanáticos. El resto paga la cuenta de las locuras de un tipo desquiciado que prefiere hundir a medio país antes que reconocer que su experimento no está funcionando para la mayoría. Las ollas populares se llenan otra vez, reaparecen los clubes de trueque y las familias se endeudan para comer. Eso no es “ajuste inevitable”; es una decisión política de priorizar el equilibrio fiscal por sobre la vida cotidiana de millones.

Milei no es un reformador. Es un enfermo de poder que encontró en el ajuste fiscal su único instrumento y lo usa sin mirar a quién le cae encima. Ya lo sabíamos. Solo faltaba que el daño se hiciera visible en los números de pobreza, en el estancamiento económico, en el deterioro educativo de los chicos y en el hartazgo social. Y ahora lo es. El superávit se sostiene sobre el hambre de los que menos tienen, la actividad se frena y las tensiones vuelven a acumularse. Mientras otros países de la región logran bajar o al menos estabilizar la pobreza con políticas distintas, aquí el experimento libertario muestra su verdadero rostro: un país que se detiene y se empobrece para sostener un número en las cuentas públicas. Un gobierno que no puede traducir estabilidad en trabajo y salarios dignos no está transformando el país: lo está exprimiendo. Y la factura, como siempre, la pagan los mismos y claramente no la casta que hacía alusión. 

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