Gustavo Petro y el gobernar contra la corriente

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Capitán Cianuro para Infosur

Cuando Gustavo Petro llegó a la presidencia el año 2022,  lo hizo rompiendo un paradigma histórico., incluso un derrotismo electoral que sentían que nuevamente por fraude la derecha se instalaría en el poder, pero las circunstancia determinaron que por primera vez la izquierda, desde 200 años, alcanzaba el poder por la vía democrática en Colombia, un país marcado durante décadas por el conflicto armado, el predominio de sectores conservadores y una profunda desigualdad social. Esa sola circunstancia convirtió su gobierno en uno de los más observados de América Latina.

Sin embargo, gobernar resultó siendo mucho más complejo que ganar el proceso electoral.

Entre los aspectos positivos de su administración y que se lograron concretar destaca la intención de colocar temas que durante años permanecieron postergados. La protección ambiental, transición energética, reforma agraria,  implementación del acuerdo de paz y reducción de la desigualdad pasaron a ocupar un lugar central en el debate público nacional. Además se  impulsó una reforma de pensiones que fue considerada una de los principales triunfos de su mandato en orden legislativa, aunque otras reformas que pudieron ver la luz encontraron fuertes resistencias por parte de una oposición que no dio mucha tregua al gobierno de Petro.

En política internacional, Gustavo Petro logró proyectar una imagen distinta de Colombia. Se alejó del alineamiento automático con Washington y buscó construir una política exterior más autónoma.

Sus intervenciones en la Asamblea General de las Naciones Unidas fueron especialmente comentadas por cuestionar la llamada «guerra contra las drogas», denunciar la crisis climática y señalar las responsabilidades de las grandes potencias en los problemas globales. Para muchos fueron discursos valientes, que rompieron con décadas de diplomacia timoratas y cautelosa; para sus críticos, tuvieron un tono extremadamente confrontacional.

Uno de los momentos que más reforzó esa imagen fue su firmeza frente al presidente Donald Trump. Petro evitó adoptar una posición subordinada y defendió públicamente la soberanía colombiana y latinoamericana frente a las presiones externas. Sus seguidores interpretaron esa actitud como una muestra de dignidad política; sus detractores, en cambio, sostuvieron que una relación más pragmática habría favorecido mejor los intereses económicos y diplomáticos del país.

No obstante, los problemas comenzaron a hacerse visibles dentro de su propio gobierno. Petro mostró dificultades para construir mayorías estables en el Congreso y mantener cohesionada su coalición. Los constantes cambios de ministros, las disputas internas y las tensiones con sectores que inicialmente lo apoyaban terminaron debilitando su capacidad de gestión.

Uno de los episodios más comentados y complejos  fue el progresivo aislamiento de su vicepresidenta, Francia Márquez. Elegida como símbolo de inclusión, liderazgo afrodescendiente y justicia social, Márquez fue perdiendo protagonismo político con el paso de los meses. Las diferencias con el círculo más cercano al presidente y la disminución de su influencia dentro del Ejecutivo alimentaron la percepción de que una de las figuras más representativas del proyecto original había quedado marginada. Aunque nunca rompieron formalmente relaciones, la distancia política fue evidente.

También hubo cuestionamientos por la forma de comunicar. Petro suele intervenir directamente en los debates públicos, principalmente a través de redes sociales, lo que en ocasiones generó controversias y contribuyó a una percepción de improvisación. A ello se sumaron investigaciones que afectaron a personas cercanas a su gobierno y episodios que desgastaron la imagen presidencial, aun cuando no implicaran responsabilidad directa del mandatario.

En materia económica, el panorama fue mixto. Colombia logró mantener una estabilidad macroeconómica, pese a un contexto internacional complejo, pero persistieron preocupaciones por la inversión privada, la incertidumbre regulatoria y la lenta ejecución de algunos proyectos estratégicos.

En definitiva, el gobierno de Gustavo Petro deja una sensación ambigua. Fue una administración que intentó modificar prioridades históricas y ampliar el debate político, pero se encontró serias dificultades para transformar esas aspiraciones en resultados consistentes. 

Su legado probablemente no se medirá solo por reformas que consiguió aprobar, sino también por haber cambiado el mapa político del país y abierto discusiones que esperemos no desaparezcan en esta próxima administración.

Más allá de las simpatías o rechazos que despierte Gustavo Petro, será recordado como un presidente que desafió las estructuras tradicionales del poder, llevó una voz propia a los escenarios internacionales e intentó imprimir un rumbo distinto a Colombia. Sin embargo, gran parte de sus iniciativas quedó condicionada por la fragmentación política, las tensiones internas y una gestión que nunca logró consolidar plenamente el impulso transformador con el que llegó al poder. 

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