El hombre señala una diagonal, dos cuadras, y no necesita decir más. Cualquiera que viva cerca del barrio Paraná, en Florencio Varela, sabe de qué está hablando: del campo. Ese terreno baldío sobre la Ruta 53 donde, desde hace años, todas las tardes a las seis arranca una fila de jóvenes que se pierde entre los pastizales altos hasta llegar a otro grupo que los espera del otro lado. Nadie necesita explicarlo dos veces.
Ese campo tiene nombre desde 2018. Pero no es el único.
Hay otro en Ingeniero Allan, al que todos llaman «El Basural», donde una casilla de madera blanca escondía cocaína, marihuana y armas que viajaban desde una de las villas más duras de la Capital. Hay otro más en el cruce de Paysandú y Holmberg, donde un policía sintió el golpe de una bala en el pecho y la sintió otra vez, contenida, gracias a un chaleco antibalas. Y hay uno, el más reciente, en Pico de Oro, donde esta semana otra bala no encontró ningún chaleco que la detuviera y le quitó la vida al sargento Facundo Giménez.
Cuatro campos. Cuatro historias que Infosur fue narrando, separadas a veces por años, a veces por apenas unas cuadras. Y, sin embargo, contadas una al lado de la otra, dejan de ser cuatro historias sueltas para convertirse en una sola: la del mapa que Florencio Varela dibuja desde hace casi una década y que parece no borrarse nunca, sin importar cuántas veces la Policía entre a esos terrenos ni cuántas veces alguien vuelva a salir herido, o no vuelva a salir.
La primera vez que este diario puso nombre a ese mapa fue en diciembre de 2018. El escenario era el barrio Paraná, ese descampado que separa la barriada de San Francisco y que, poco tiempo antes, había sido escenario de un intento de toma de tierras. Ahí, vecinos hartos de ver lo que pasaba todas las tardes empezaron a llamar a la radio y a los teléfonos de la redacción para contar lo mismo que le contaban al 911 sin demasiado resultado: «Por la calle 1323 venden droga y ellos se tirotearon con la Policía». Esa madrugada, el subteniente Arnaldo Andrés López había recibido dos balazos en el pecho durante un enfrentamiento con una banda que el barrio conocía como «Los Peruanos». Un barrio entero, decían los mensajes que llegaban a la redacción, que no quería que la droga se quedara adentro para que el negocio de la muerte siguiera funcionando.
Un año después, en diciembre de 2019, el mapa se desplazó unas cuadras pero no cambió de lógica. El escenario esta vez fue La Carolina, en Ingeniero Allan, sobre el cruce de las calles 1139 y 1136, bordeando el asentamiento «El Basural». Bajo la pantalla de un comedor comunitario, una casilla de madera ocultaba lo que después contarían los investigadores de la Departamental Quilmes: dos personas que llegaban desde una villa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires vendían dosis a los jóvenes del barrio, protegidas por «satélites» armados que aseguraban el negocio. El allanamiento, otra vez, terminó a los tiros. Entre lo secuestrado hubo cocaína, marihuana, dos armas de fuego y un chaleco antibalas, el mismo objeto que en otros operativos termina siendo la diferencia entre una herida y una muerte.
Esa diferencia volvió a jugarse en septiembre de 2023, en el cruce de Paysandú y Holmberg, a pocas cuadras de donde hoy está Pico de Oro. Un policía recibió un disparo en el pecho durante otro allanamiento narco. El chaleco hizo lo que tenía que hacer. Esta semana, en ese mismo entramado de descampados y calles de tierra que conecta la zona con sectores como La Haya y Ginebra, otro disparo encontró la cabeza del sargento Facundo Giménez, del Grupo Táctico Operativo de la Comisaría 5ta. No hubo chaleco que alcanzara.
Cuatro campos, cuatro años distintos, una sola geografía que insiste. Y estos son apenas los episodios que quedaron documentados en estas páginas: los que un vecino se animó a contar, los que un policía sobrevivió para relatar, los que terminaron en un expediente con nombre propio. El patrón completo, todos lo saben en Varela aunque pocos lo digan en voz alta, es mucho más extenso que lo que cualquier crónica pueda abarcar.
Los nombres de los barrios cambian. Las bandas cambian. Los policías que entran, también. Lo que no cambia es el campo: ese terreno que el Estado nunca termina de ocupar y que, mientras tanto, sigue funcionando como una infraestructura paralela donde se vende, se esconde y, cuando hace falta, se dispara.
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