Antes que el futuro sea presente

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Hay algo que debería preocuparnos mucho más de lo que parece: escuchar a los jóvenes hablar de sus preocupaciones y descubrir que, a pesar de su edad, buena parte de sus pensamientos están ocupados por problemas que los adultos todavía no hemos sabido resolver. No hacen falta encuestas, estadísticas ni grandes diagnósticos económicos. A veces basta con sentarse a escucharlos para entender que algo no está funcionando.

Capitán Cianuro

Hace unos días estuve en Santo Tomé, provincia de Santa Fe, donde participé, junto a la diputada nacional Florencia Carignano, en un encuentro con estudiantes de distintos centros de estudiantes de secundaria. Fui invitado como escritor chileno y la jornada terminó siendo mucho más que una oportunidad para compartir mi experiencia: me encontré con jóvenes que tenían bastante claro qué cosas les preocupaban y, sobre todo, que mostraban muchas ganas de expresar lo que piensan sobre la realidad que les toca vivir.

Cuando se les preguntó. Por parte de la diputada,  qué les preocupaba de su situación actual, aparecieron conceptos que deberían hacernos detenernos un momento: pobreza, economía, desigualdad, inseguridad, violencia, individualismo, aislamiento, salud mental, familia, educación y falta de pensamiento crítico.

Pensemos en ello. No estábamos escuchando a dirigentes políticos, economistas ni analistas tratando de explicar la realidad de un país. Eran estudiantes, jóvenes que todavía están descubriendo el mundo, que comienzan a proyectar sus vidas y que, sin embargo, ya sienten el peso de una sociedad que parece ofrecerles más incertidumbres que oportunidades.

Lo que más me llamó la atención fue comprobar que no viven ajenos a lo que sucede a su alrededor. Observan, escuchan, comparan, se hacen preguntas y buscan entender. Sus respuestas no parecían formar parte de una tarea escolar para cumplir con una actividad. Había preocupación genuina por el país que están heredando. Quizás no tengan todas las respuestas, pero al menos están haciendo algo que muchas veces los adultos dejamos de hacer: preguntarse por qué las cosas son como son y qué podemos hacer para cambiarlas.

Y aquí aparece una contradicción bastante incómoda. Los adultos les pedimos que se comprometan, que estudien, que se preparen, que participen y que sean protagonistas del mañana. Pero pocas veces nos detenemos a pensar qué clase de mañana estamos construyendo para ellos. No podemos pedirles que crean en el futuro mientras les entregamos un presente cargado de incertidumbres. Tampoco podemos exigirles entusiasmo por una sociedad que, en demasiadas ocasiones, parece haber perdido la capacidad de ofrecerles un horizonte.

Lo que ocurre en Argentina no puede explicarse como si se tratara de un fenómeno meteorológico que apareció de repente y frente al cual nadie tiene responsabilidad. Hay decisiones políticas, hay responsabilidades concretas y, naturalmente, la principal recae sobre el Ejecutivo encabezado por Javier Milei. Mientras el Gobierno defiende su programa de ajuste y exhibe sus resultados fiscales, millones de argentinos siguen enfrentando dificultades para sostener sus hogares. El INDEC informó que la pobreza alcanzó al 32,3 % de la población durante el primer semestre de 2026, 4,1 puntos más que en el semestre anterior, mientras que la indigencia llegó al 7,5 %. Detrás de esos porcentajes hay familias, historias y personas que no pueden resolver su vida cotidiana con un gráfico que muestre el equilibrio de las cuentas públicas.

Milei, además, ha convertido la confrontación permanente en una forma de ejercer el poder. Sus descalificaciones y su tendencia a transformar cualquier diferencia en una batalla personal poco contribuyen a construir respuestas para una sociedad que necesita certezas. Un presidente no puede confundir autoridad con estridencia ni creer que gobernar consiste en ganar discusiones mientras los problemas cotidianos se acumulan. La estabilidad de un país no se mide exclusivamente por sus indicadores fiscales. También se mide por la tranquilidad de sus familias, las oportunidades de sus jóvenes y la dignidad con que viven sus ciudadanos.

Pero tampoco sería justo poner sobre los hombros de estos estudiantes la responsabilidad de resolver los problemas estructurales de Argentina. No les corresponde reparar los errores de la política ni hacerse cargo de las deudas sociales acumuladas durante décadas. Lo que sí pueden hacer es organizarse, participar, debatir y negarse a aceptar que las cosas simplemente tienen que ser así.

En ese sentido, los centros de estudiantes tienen un valor que muchas veces no dimensionamos. No son solamente espacios para organizar actividades escolares o plantear demandas puntuales. Son lugares donde se aprende a participar, a disentir, a escuchar al otro y a comprender que los problemas colectivos necesitan respuestas colectivas. Participar tampoco significa necesariamente militar en un partido político o adherir a una determinada ideología. Significa entender que la indiferencia no es una posición inocente y que las decisiones que afectan a una sociedad también necesitan de la voz de quienes la integran.

Quizás quienes tienen responsabilidades públicas deberían dedicar menos tiempo a escuchar los discursos que confirman sus propias convicciones y bastante más a prestar atención a estas voces. No para utilizarlas en una fotografía, en un acto o en un argumento electoral, sino para entender qué están diciendo y por qué lo están diciendo.

Hay una verdad que no podemos esquivar: un país que obliga a sus jóvenes a preocuparse por sobrevivir antes que por soñar tiene un problema bastante más profundo que una crisis económica. Tiene un problema de futuro. Y es precisamente en ese contexto donde cobra sentido aquella consigna que dice: «Si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir».

Los estudiantes no están pidiendo que alguien les resuelva la vida. Están pidiendo oportunidades, seguridad, educación, dignidad y, sobre todo, la posibilidad de imaginar un mañana distinto,  tienen todo el derecho a participar en la construcción del país que les tocará vivir.

Y aquí es donde la pregunta deja de ser solamente política para convertirse también en una responsabilidad generacional: ¿qué estamos haciendo los adultos con el futuro de quienes vienen detrás?

No alcanza con pedirles compromiso y participación ciudadana si quienes conducen el presente parecen más preocupados por imponer sus verdades que por hacerse cargo de las consecuencias de sus decisiones.

Me quedo con algo de aquel encuentro en Santo Tomé: esos jóvenes están pensando, están preguntando y están expresando sus preocupaciones. Y en tiempos en que parece cotizar más la descalificación que el argumento, más el enfrentamiento que el diálogo y más la consigna que el pensamiento crítico, no es poca cosa.

Quizás deberíamos dejar de mirar a los jóvenes como si fueran simplemente los ciudadanos del mañana. Ya son ciudadanos de hoy, tienen opinión, tienen preocupaciones y tienen derecho a ser escuchados. No necesitan que los adultos les expliquemos permanentemente cómo funciona el mundo; necesitan que seamos capaces de reconocer que también tenemos mucho que aprender de sus preguntas.

No les pidamos que salven Argentina ni les carguemos al hombro los errores de una dirigencia que debe responder por sus propios actos. Démosles, en cambio, razones para creer, oportunidades para crecer y un país donde sus sueños no parezcan una ingenuidad.

Porque el futuro no llega de un día para otro. Se construye con las decisiones que tomamos hoy, con las oportunidades que abrimos o cerramos y con la sociedad que somos capaces de ofrecerles a quienes vienen detrás.

Y quizás lo más preocupante no sea lo que estos jóvenes están diciendo, sino que nosotros llevemos tanto tiempo sin escuchar.

Que no tengamos que esperar a que el futuro sea presente para darnos cuenta de todo lo que pudimos haber hecho.

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