La ultraderecha gobierna y la gente paga: tres gobiernos de mierda

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Desempleo en Chile, pobreza en Argentina y un estreno colombiano cargado de estridencias. Prometieron orden, libertad y prosperidad; entregan ajuste, incertidumbre y propaganda. Los patriotas de micrófono están jodiendo a sus propias patrias.

Capitán Cianuro

La ultraderecha latinoamericana tiene una fórmula que parece infalible, una plantilla de copiar y pegar, al menos para ganar elecciones: inventarse un enemigo, gritar que la patria está en peligro, prometer orden, sacralizar el mercado y convencer a la gente de que todos sus males se resolverán cuando lleguen ellos al poder. El problema comienza cuando se acaba la campaña y hay que gobernar. Porque para vociferar consignas no se necesita inteligencia, para insultar adversarios basta con tener mala educación y para culpar a los anteriores siempre sobra desfachatez. Gobernar, en cambio, exige capacidad, planificación y resultados. Ahí es donde empiezan a desnudarse las miserias de estos proyectos políticos.

En Chile, José Antonio Kast llegó al poder vendiéndose como el hombre que pondría la casa en orden. Sin embargo, el desempleo alcanzó el 9,6 % en el trimestre junio-agosto de 2026, mientras la informalidad laboral llegó al 27 %. Las cifras son incómodas para un presidente que prometió reactivar la economía, recuperar la confianza y devolverles la seguridad a los chilenos. No basta con bautizar un plan de empleo como «Chile Despega, con más pega» para que aparezcan mágicamente los puestos de trabajo. Los eslóganes no contratan trabajadores, no pagan cotizaciones ni llenan la despensa. Para eso hacen falta políticas públicas eficaces, inversión productiva y una conducción económica que vaya más allá de repetir que ahora sí se acabó el desorden.

Kast no llegó para administrar excusas, sino para venderse como la solución. Cuando un político construye su identidad sobre la supuesta incompetencia de todos los demás, debe aceptar que sus propios resultados sean examinados con la misma severidad. De lo contrario, la mano dura termina siendo una mano bastante torpe para enfrentar los problemas reales. Y mientras La Moneda exhibe planes y promesas, hay familias que no pueden darse el lujo de esperar a que la propaganda se convierta en empleo.

En Argentina, Javier Milei continúa representando la versión más estridente de esta derecha que confunde convicción con verdad y espectáculo con gobierno. Su «¡Viva la libertad, carajo!» funciona como una consigna de estadio: levanta aplausos, identifica a los fieles y convierte cualquier crítica en una supuesta conspiración contra la transformación nacional. Pero una consigna no es un programa económico, del mismo modo que gritar que se acabó la fiesta no significa que la cuenta la paguen quienes la organizaron. Muchas veces la terminan pagando quienes ni siquiera fueron invitados.

La pobreza argentina llegó al 32,3 % en el primer semestre de 2026. Además, la actividad económica cayó un 2,9 % en julio. Si estas cifras se confirman en las estadísticas oficiales, describen un escenario difícil de maquillar: millones de personas siguen viviendo con enormes dificultades y la recuperación prometida no llega de manera suficiente a los hogares. La explicación de que la pobreza era todavía mayor al comienzo del mandato puede servir para contextualizar el problema, pero no para convertir cada retroceso en una victoria ni cada sacrificio popular en una hazaña histórica.

Milei tiene una habilidad indiscutible para convertir el conflicto en espectáculo. Puede insultar, provocar, levantar la voz y presentar su propia obstinación como una forma superior de inteligencia política. Lo que todavía debe demostrar es que esa destreza para montar un escenario sirve para construir un país donde la gente pueda vivir mejor. Porque la libertad de cerrar el mes sin dinero para pagar las cuentas es una libertad bastante peculiar. Y cuando el equilibrio fiscal se convierte en un fetiche al que deben sacrificarse el consumo, el trabajo y la tranquilidad de las familias, conviene preguntar quién disfruta realmente de los beneficios de ese orden. Un país no es una hoja de cálculo ni sus ciudadanos son cifras descartables para que un presidente pueda celebrar sus propias estadísticas.

Colombia, por su parte, ofrece un espectáculo que amenaza con combinar la improvisación política con el personalismo más desatado. Abelardo de la Espriella, con su retórica de hombre fuerte y sus poses de salvador nacional, parece empeñado en demostrar que el volumen de la voz puede sustituir a la estatura de un estadista. Su consigna «Firme con la patria» pertenece a la misma familia de frases grandilocuentes que el «¡Viva la libertad, carajo!» de Milei: palabras diseñadas para provocar fervor, pero que no explican cómo se gobierna, cómo se crea empleo ni cómo se resuelven los problemas cotidianos de la población.

La patria, al parecer, necesita que estos personajes la defiendan de todos, excepto de sus propias decisiones. Se presentan como sus propietarios, se arrogan el derecho de hablar en su nombre y descalifican como antipatriota a quien se atreva a cuestionarlos. Pero la patria no es un eslogan de campaña, una bandera para agitar frente a las cámaras ni un escenario para alimentar el ego de un gobernante. La patria son las personas que trabajan, las familias que hacen rendir un sueldo insuficiente, los jóvenes que buscan oportunidades y quienes esperan que el Estado funcione sin convertirse en víctimas de la soberbia presidencial.

Y aquí es donde Abelardo corre el riesgo de convertirse en una versión colombiana de Milei: otro personaje que confunde la política con una actuación permanente, que parece más preocupado de representar al hombre que tiene todas las respuestas que de demostrar que sabe encontrarlas. La bravata puede entusiasmar a los convencidos, pero no resuelve por sí sola los problemas de una sociedad compleja. Si las amenazas, los gestos de autoridad y las declaraciones provocadoras ocupan más espacio que las propuestas concretas, lo que tenemos no es liderazgo, sino un espectáculo político con pretensiones de gobierno.

Hay que ser cuidadosos con los tiempos: un mandatario recién llegado no puede ser condenado por resultados económicos que todavía no ha tenido tiempo de producir. Pero tampoco puede reclamar inmunidad frente al escrutinio público mientras convierte cada declaración en una demostración de fuerza. Si las propuestas de revisar la permanencia de Colombia en organismos internacionales o de perseguir judicialmente a sus adversarios ocupan el centro de la agenda, la pregunta es inevitable: ¿estamos ante una estrategia seria para resolver los problemas del país o ante una puesta en escena destinada a mantener encendida la atención pública? La diferencia entre ambas cosas es enorme, aunque a los populistas les convenga fingir que no existe.

Tres gobernantes, tres países y una misma enfermedad política: la convicción de que gobernar consiste en imponer un relato y obligar a la realidad a obedecerlo. Kast promete orden; Milei convierte la libertad en un grito de guerra; Abelardo se envuelve en la bandera con su «Firme con la patria». Cada cual tiene su escenografía, su personaje y su público. Lo que comparten es esa peligrosa tendencia a presentar la crítica como enemistad y la propaganda como prueba de eficacia. Cuando los resultados no acompañan, siempre queda el recurso de culpar al pasado, a los adversarios, a los organismos internacionales o a cualquier conspiración que permita evitar la pregunta fundamental: ¿qué están haciendo realmente para mejorar la vida de sus ciudadanos?

Los tres parecen olvidar que la patria no les pertenece y que gobernar no es una licencia para jugar a ser salvadores. Quienes se llenan la boca hablando de patriotismo deberían comprender que no hay mayor irresponsabilidad que perjudicar a la población mientras se presume de defenderla. Los verdaderos patriotas no necesitan repetir a cada instante que aman a su país: lo demuestran con instituciones que funcionan, empleos dignos, políticas sociales eficaces y decisiones que no condenan a los más vulnerables a pagar las facturas de sus experimentos ideológicos.

Y sí, hay que decirlo sin anestesia: los verdaderos carajos no son quienes cuestionan a estos gobernantes, sino quienes pretenden que sus pueblos aplaudan mientras se les exige sacrificio tras sacrificio. Son ellos quienes pueden terminar jodiendo a sus propias patrias, precisamente mientras proclaman que vienen a salvarlas. Porque el patriotismo utilizado como coartada para la incompetencia no es patriotismo: es marketing político con bandera.

La ultraderecha llegó prometiendo que sabía cómo arreglarlo todo. Ahora le toca demostrarlo. Y si su respuesta consiste en más gritos, más enemigos imaginarios, más ajustes y más consignas vacías, habrá que decirlo con todas sus letras: no estamos ante tres grandes estadistas incomprendidos, sino ante tres gobernantes cuya capacidad debe medirse por sus resultados, no por sus discursos. Porque una patria no se gobierna a punta de eslóganes, y ningún país se salva convirtiendo la soberbia de sus dirigentes en una virtud nacional.

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