Milei: cuando el insulto se convierte en política exterior

Date:

El insulto suele ser el recurso de quienes se quedan sin argumentos. Javier Milei convirtió ese mecanismo elemental en doctrina de Estado.

Capitán Cianuro

El problema es que no es un comentarista furioso de redes sociales ni un panelista con hambre de rating: es el Presidente de Argentina. Cuando insulta a un mandatario extranjero, a un juez o a un adversario, no habla Javier Milei a título personal: habla el jefe de Estado de la República Argentina. Esa diferencia parece no haberla entendido.

Lo demostró otra vez al referirse en términos degradantes a un ministro de la Corte Suprema brasileña y atacar al presidente Lula da Silva. Convirtió así un repertorio de agravios personales en un problema diplomático con Brasil, el gigante sudamericano y socio comercial estratégico de Argentina. Una genialidad, si la política exterior se escribiera en una cantina a las tres de la mañana. Pero no: se trata de relaciones internacionales, y Brasil no es un enemigo imaginario inventado para satisfacer a una tribu política.

Es, además, el principal destino de las exportaciones industriales argentinas y el socio central del Mercosur, ese bloque que el propio Gobierno dice querer flexibilizar sin romper. Cada golpe verbal contra Lula no queda flotando en el aire de la política interna: golpea también a los frigoríficos, a las automotrices, a las economías regionales que dependen de un vínculo comercial fluido con el vecino. Insultar al presidente de tu principal socio comercial no es una travesura retórica: es un boomerang con arancel.

La pregunta no es si Milei tiene derecho a decir estupideces —en democracia hasta los presidentes pueden exhibir sus límites—. La pregunta es hasta cuándo los argentinos permitirán que sus arrebatos personales se conviertan en costos para el país. Porque una cosa es ser un provocador y otra, muy distinta, administrar una nación como si fuera una cuenta de redes sociales.

Milei necesita enemigos: los fabrica, los insulta y luego se presenta como víctima de quienes reaccionan. El método funciona para sumar seguidores y generar titulares, pero la diplomacia no se rige por esas reglas. Un presidente puede discrepar con Lula, cuestionar su gobierno, discutir ideas opuestas: todo eso es política democrática. Lo que no se entiende es por qué necesita hacerlo a los insultos. ¿No puede argumentar? Quizás la respuesta esté ahí: cuando el argumento es débil, el insulto se vuelve imprescindible.

El momento elegido agrava todo: esto ocurre en medio del lanzamiento político de Eduardo Bolsonaro, en un Brasil ya tensionado por su crisis institucional. Milei aparece como quien envía un bidón de nafta a una reunión donde todos discuten cómo apagar un incendio.

La diplomacia no funciona a gritos. Los tratados no se negocian con berrinches. Y Brasil no tiene por qué aceptar que la política exterior argentina sea una extensión de las peleas personales de su presidente. La fortaleza de un mandatario no se mide por cuánta gente logra humillar en una semana, sino por su capacidad de defender los intereses de su país sin arriesgarlos por una pulsión propia.

Durante décadas, más allá de los signos políticos, la cancillería argentina supo distinguir entre la disputa ideológica y la relación de Estado: se podía discrepar con un gobierno vecino sin degradar a su presidente, se podía competir por inversiones sin insultar a quien las administraba del otro lado de la frontera. Milei parece haber decidido que esa cautela era debilidad, cuando en realidad era la condición mínima para que un país mediano como Argentina pudiera sentarse a negociar con márgenes razonables.

La misma lógica del espectáculo por sobre la sustancia aparece en lo económico. Se instaló la idea de que Milei «desendeudó» al país, algo difícil de sostener: su gobierno volvió a recurrir al FMI por miles de millones de dólares y aumentó los compromisos en moneda extranjera y en pesos. Se presenta como resuelto el conflicto con los fondos buitre, cuando buena parte de esos litigios viene de decisiones tomadas hace décadas por gobiernos que hoy prefieren omitirse. Decir que la deuda desapareció no es un error menor: es una simplificación que ignora la complejidad económica del país.

Milei es la cara de un fenómeno que se entiende mejor si se lo mira sin el escenario. Con luces, rock y el grito de «¡Viva la libertad, carajo!», el acto es más recital que discurso, y funciona: entendió que su verdadero rival no era otro candidato, sino el aburrimiento. Pero sáquenle la música y la multitud, y quedan solo las ideas. Eso pasó en el Foro Económico Mundial, en enero de 2025 y de nuevo en 2026, donde el showman dio paso a un expositor monocorde: La Nación describió una intervención doctoral y abstrusa, con una sala que terminó con butacas vacías. Ahí queda expuesta la diferencia entre dominar un escenario y cautivar cuando el único recurso es la solidez del argumento.

Sus seguidores podrán celebrar cada insulto como un gol de campeonato y convertir cada exabrupto en meme. Pero Argentina no es una cuenta de X: es un país con relaciones comerciales, fronteras, exportadores y millones de ciudadanos que no eligieron pagar los costos de los arranques verbales de su presidente.

El insulto puede ser divertido para quien lo dice y rentable para quien lo consume. Pero cuando sale de la boca de un jefe de Estado, deja de ser una grosería: se convierte en política exterior. Una cosa es tener libertad para decir cualquier estupidez; otra, muy distinta, es tener la responsabilidad de gobernar un país después de haberla dicho.

Nadie le exige a Milei que se calle sus convicciones ni que abandone su estilo. Se le exige, apenas, que entienda dónde termina el personaje y dónde empieza el cargo. Porque si cada vez que pierde el argumento, Argentina tiene que prepararse para perder un aliado o un socio comercial, el problema ya no es solo la mala educación del presidente: es el costo que todos los argentinos siguen pagando por ella.

Apoyá el periodismo que cuenta las historias de Varela y el sur del conurbano

Desde hace más de 20 años, Infosur informa con mirada local desde Florencio Varela, Quilmes y Berazategui. Tu apoyo permite sostener coberturas policiales, judiciales e investigaciones del conurbano sur.

Gracias por hacer posible que sigamos contando las historias de nuestro sur bonaerense.

Compartir artículo

Suscribirte

Popular

Te puede interesar
Relacionado

¿Cristina Fernández de Kirchner candidata? Los números que explican su fortaleza en Florencio Varela, Quilmes y Berazategui

La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner volvió a instalar...

Polémica por «Kumbión»: iglesias evangélicas piden explicaciones al Municipio

La Federación de Iglesias Cristianas Evangélicas de Florencio Varela...

Fingieron la muerte natural de un hombre en Quilmes: lo habían estrangulado

La autopsia reveló que Horacio S. (51) murió por...

Atacó a su pareja a cuchillazos en Florencio Varela

Un hombre de 36 años fue aprehendido tras herir...