Trump quiso colarse en la foto de España. Milei esperaba la de Argentina. Hay dirigentes convencidos de que la gloria ajena también cotiza en las urnas.
Capitán Cianuro
Existe algo que el poder nunca termina de comprender: las victorias deportivas pertenecen a los pueblos, no a los gobiernos. Sin embargo, cada vez que una selección alcanza la gloria, aparecen dirigentes convencidos de que una copa también puede convertirse en capital político. Desde el momento en que Argentina llegó a la final del Mundial, el libreto parecía escrito. Si la Selección levantaba el trofeo, Javier Milei habría intentado envolver a su gobierno en esa alegría colectiva; Donald Trump habría buscado la fotografía que lo asociara al campeón; y Benjamin Netanyahu, acusado internacionalmente de cometer actos de genocidio y necesitado de romper el aislamiento internacional provocado por la tragedia de Gaza, tampoco habría desaprovechado la oportunidad de vincularse con uno de los equipos más admirados del planeta. Ninguno habría corrido un metro, recuperado una pelota ni convertido un gol. Pero todos habrían querido apropiarse del triunfo.
La derrota argentina impidió esa puesta en escena. Sin embargo, la ceremonia de premiación terminó confirmando que la sospecha no era infundada. España acababa de conquistar el Mundial cuando Donald Trump decidió irrumpir en la fotografía oficial de los campeones, desplazando por un instante el verdadero centro de la celebración. El episodio fue mucho más que una anécdota protocolar: representó una forma de ejercer el poder que necesita colonizar cada símbolo de éxito para convertirlo en propaganda personal. Hay dirigentes incapaces de aceptar que existan momentos históricos en los que ellos no son los protagonistas.
Pero el fútbol, afortunadamente, también produce imágenes que escapan al cálculo político. Mientras algunos buscaban adueñarse de una fotografía, otros decidieron utilizar ese escenario para expresar convicciones. Allí estuvo Cristian «Cuti» Romero, quien evitó estrechar la mano de Trump durante el protocolo, dejando en claro que un gesto, cuando nace de una convicción, puede decir mucho más que un discurso cuidadosamente redactado. Y también estuvo el joven futbolista español Lamine Yamal, quien, no hace mucho, en pleno festejo por la obtención de la Supercopa de la Liga con el Barcelona, levantó la bandera palestina frente a miles de espectadores. Mientras buena parte de Occidente administra silencios frente a la devastación de Gaza, un campeón del mundo recordó que el deporte también puede ser un espacio para la conciencia. Hay gestos que recorren el planeta y terminan teniendo mucha más fuerza que el afán de un presidente por aparecer en la fotografía de los vencedores.
Argentina también dejó sus propias imágenes. Durante la semifinal, un cartel con la inscripción «Las Malvinas son argentinas» recorrió el mundo. No era una consigna partidaria ni un acto de oportunismo; era la expresión de una causa nacional que atraviesa generaciones y gobiernos. Por eso resulta tan evidente la contradicción de Javier Milei. El mismo Presidente que relativiza la cuestión Malvinas y ha cuestionado públicamente las expresiones de soberanía habría sido el primero en envolver su discurso con la bandera argentina si la Selección hubiera levantado la Copa. Hay una diferencia sustancial entre respetar los símbolos de una nación y utilizarlos cuando conviene. La patria no puede convertirse en un accesorio de campaña.
La paradoja se profundizó cuando María Becerra interpretó el Himno Nacional Argentino en la final. La artista que Milei eligió atacar en reiteradas ocasiones terminó siendo la voz que representó al país frente al mundo. El escenario más importante del fútbol internacional dejó una enseñanza que el poder suele olvidar: los símbolos nacionales pertenecen a la sociedad, no a quienes ocupan circunstancialmente la Casa Rosada.
Mientras el Mundial ofrecía esas postales, la Argentina seguía enfrentando una realidad mucho menos festiva. El relato libertario continúa prometiendo que el ajuste traerá prosperidad, pero el deterioro del poder adquisitivo, la caída del consumo, las dificultades de la industria y la ausencia de la anunciada lluvia de inversiones mantienen abiertas las mismas preguntas que, desde hace meses, esperan respuestas. No alcanza con exhibir equilibrio fiscal cuando millones de argentinos sienten que el equilibrio desapareció de sus hogares. Tampoco deja de ser una amarga metáfora que, en este contexto, desde Río Negro se impulse la comercialización de carne de jabalí y guanaco como alternativa alimentaria, mientras el Gobierno insiste en presentar la austeridad como una virtud y no como la consecuencia de la pérdida del poder adquisitivo.
Y entonces reaparece Malvinas. No como una bandera electoral, sino como una obligación moral. Cabe preguntarse qué sentirán los excombatientes cuando escuchan al Presidente relativizar una causa que costó la vida de 649 argentinos. Condenar la dictadura que condujo al país a aquella guerra es un deber democrático; desvalorizar el sacrificio de quienes combatieron y vaciar de contenido la reivindicación de soberanía es otra cosa muy distinta. Los gobiernos pasan, las ideologías cambian y los presidentes son transitorios, pero la memoria de los caídos y el reconocimiento a los veteranos pertenecen a la Nación, no al poder de turno.
Quizá esa haya sido la verdadera lección que dejó este Mundial. Mientras algunos líderes intentaban convertir el fútbol en una plataforma para alimentar su propia imagen, fueron los futbolistas, los artistas y los hinchas quienes recordaron que todavía existen símbolos que no aceptan ser privatizados. Porque una copa puede perderse o ganarse. Una fotografía puede organizarse. Pero la dignidad de un pueblo, su memoria y su identidad nunca pertenecen a quienes pretenden administrarlas desde el poder. Hay símbolos que, sencillamente, no se alquilan.
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