LA GITA DE LOS “HONESTOS”

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(Por Capitán Cianuro para Infosur) Tengo con Argentina una relación de vecino de cuadra. Desde chico cruzaba para allá, no como turista de manual sino como alguien que fue aprendiendo, a fuerza de mate y de sobremesa, los códigos no escritos de ese país tan parecido y tan distinto al mío. Y entre esos códigos, el más esquivo de todos, el que más se resiste a cualquier intento de traducción, es el peronismo. Un amigo argentino, con esa sinceridad brutal que solo dan ellos, me lo resumió una vez de manera perfecta: «es más fácil entender la existencia de Dios que entender el peronismo en su esencia». Y mira que lo decía en serio. El peronismo es esa tercera vía que no cabe en ningún manual de ciencia política, ese animal extraño que da para un ensayo, para diez columnas, para una vida entera de discusión de mate o varios ferné.  Espero tener años y  tiempo para eso.

Hoy quiero hablar de otra cosa que también aprendí mirando a la Argentina de cerca: la solidaridad. Porque los argentinos , lo digo medio en broma, pero cada vez menos,  son probablemente el pueblo más solidario del planeta. Tienen una capacidad asombrosa para tomar a un ciudadano de a pie, sin pedigrí, sin fortuna, sin antecedentes patrimoniales de ningún tipo, y convertirlo en millonario. O en presidente. Que, dadas las circunstancias, viene a ser más o menos lo mismo.

El manual de estilo lo escribió Carlos Menem: llegó a Buenos Aires con una mano atrás y otra adelante, y se fue dejando una herencia que generó preguntas incómodas durante años. Pero no hace falta irse tan atrás en el tiempo. Tenemos un ejemplo fresquito, de manual, de estos mismos días: Manuel Adorni.

Antes de la Casa Rosada, Adorni era un ciudadano más, de esos que uno se cruza en el supermercado sin darse vuelta, con bastante menos pelo que hoy y su mujer con los dientes disparejos, que en dos años de estar Adorni en el gobierno hasta logro ponerse pelo y arreglar los dientes de su mujer, todo normal, todo sea por darle mas estética al gobierno que esta en la antípoda de la decencia. 

Hoy, Manuel Adorni, se va del gobierno con una cuenta corriente que ya no es nada común y corriente.. Imputado por presunto enriquecimiento ilícito, investigado por un incremento patrimonial que nadie le pidió que explicara hasta que ya fue imposible no preguntarlo. El juez Ariel Lijo y el fiscal Gerardo Pollicita encontraron de todo: inconsistencias en las declaraciones juradas, propiedades no declaradas, una en un country, otra en Caballito, porque la diversificación inmobiliaria también es una forma de fe, viajes de lujo y refacciones que no condicen exactamente con un sueldo de funcionario público.

La presión judicial y política terminó haciendo lo que la autocrítica nunca hace en estos gobiernos: lo bajaron del cargo de jefe de Gabinete.

Y acá viene la parte que a mí, como espectador entrañado pero externo, más me divierte, entre comillas, porque en realidad da bronca. En junio, Adorni decidió hacer una «confesión» patrimonial: presentó declaraciones rectificatorias y admitió, ante la Justicia y no ante un confesionario, haber omitido reportar cerca de 500.000 dólares. ¿La explicación? Ahorros previos a la función pública e inversiones en criptomonedas. Una combinación maravillosa, porque junta dos de las excusas favoritas del siglo XXI: «lo tenía guardado» y «fue el bitcoin». Como si la honestidad funcionara con devolución tardía: «perdón, me olvidé de declarar medio millón de dólares, pero ya está, ya lo dije, estamos a mano».

Mientras tanto, el fiscal sigue mirando con lupa las refacciones de la propiedad en el country Indio Cuá, porque las casas de los funcionarios libertarios, aparentemente, también necesitan su toque de lujo y una serie de viajes al exterior, vuelos privados incluidos, que tampoco terminan de cerrar con el patrimonio original del señor. Adorni, claro, dice que todo esto es persecución política. Es lo que dicen todos. Es el comodín universal de cualquier funcionario con la heladera llena y la declaración jurada flaca.

El expediente sigue abierto en Comodoro Py. Y si la causa avanza, Adorni va a tener que explicar, con pelos y señales, de dónde salió su Gita particular. Esa pregunta, de dónde chorrea esa plata, es exactamente la misma que se hacen, todos los meses, millones de argentinos que no llegan a fin de mes ni remando. Esos que para cerrar la caja tienen que sumar un segundo trabajo, y si el segundo trabajo es manejar un Uber con el auto propio, mejor, porque al menos así uno siente que controla algo de su destino económico, aunque sea a fuerza de tránsito y de cansancio.

Esa es la Argentina real, la que paga el ajuste con el cuerpo, mientras los que llegaron prometiendo «no hay plata» empiezan a tener, casualmente, bastante plata. La crisis que está dejando este gobierno no es de las que se arreglan con un tuit o una cadena nacional: es de las que dejan marca generacional. Y en ese contexto, ver a alguien tan cercano a Milei como Adorni teniendo que explicar el origen de fondos no declarados no es un detalle de color. Es una radiografía.

Y ya que estamos pidiendo explicaciones, no estaría de más que alguien le pregunte, con la misma insistencia, a Karina Milei de dónde sale exactamente ese «chorreo especial» que circula por fuera del célebre 3% que todos conocemos de memoria. Porque si hay algo que este gobierno debería entender, de una vez y para siempre, es que la motosierra que tanto prometieron no puede tener filo solo para los de abajo.

Hay tanto que este gobierno debería explicar. Y ojalá los argentinos, que ya demostraron sobradamente su capacidad de pedir explicaciones cuando se lo proponen,  no se queden solo en la pregunta. Ojalá sepan, además, procesar judicial y políticamente a quienes llegaron al poder a fuerza de mentira y delirio agresivo, vendiendo honestidad de garrafa y terminando, como tantas otras veces en la historia argentina, con la billetera mucho más gorda de lo que debería ser razonable.

Porque al final, parafraseando a mi amigo: puede ser más fácil entender a Dios que al peronismo. Pero entender cómo un funcionario común se convierte, en pocos meses, en millonario inexplicable, no requiere fe. Requiere, simplemente, que alguien se anime a mirar.

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