Revelación

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Bajo el discurso de la “batalla cultural”, sectores libertarios cercanos a Javier Milei y Agustín Laje promueven figuras y discursos religiosos que reemplazan el pensamiento crítico por obediencia, manipulación emocional y sometimiento ideológico.

Capitán Cianuro

Hay algo extraordinariamente grotesco en escuchar a los nuevos sacerdotes de la libertad hablar de emancipación individual mientras promueven estructuras religiosas donde pensar por cuenta propia puede convertirse en un acto de traición. Esa es quizás la contradicción más brutal y menos discutida del universo ideológico que rodea hoy a Javier Milei y a Agustín Laje: dicen combatir el adoctrinamiento mientras construyen una maquinaria cultural sostenida por fanatismos, obediencias emocionales y discursos cada vez más cercanos al sectarismo político-religioso.

La aparición de voceros ligados a la Fundación Faro afirmando que “es una pena que Argentina sea católica”, que existe una “guerra religiosa” y que habría que “cambiar la religión” no representa una simple provocación mediática ni un exabrupto individual. Sería ingenuo creerlo. Cuando un personaje es promovido, legitimado y amplificado por el ecosistema ideológico de Milei y Laje, deja de hablar solamente por sí mismo. Pasa a expresar una línea cultural, una visión del mundo y, sobre todo, un proyecto de sociedad.

Y el proyecto empieza a quedar peligrosamente claro.

La famosa “batalla cultural” que dicen librar contra el progresismo parece consistir, en realidad, en reemplazar una forma de dogmatismo por otra mucho más funcional al poder económico y político. Porque el problema para estos sectores nunca fue el pensamiento único. El problema era quién controlaba ese pensamiento. Por eso denuncian el “adoctrinamiento” estatal mientras aplauden religiones y organizaciones donde disentir puede significar el aislamiento familiar, la condena moral o la expulsión social.

La ironía es tan obscena que casi produce admiración intelectual. Hablan de libertad individual mientras exaltan modelos religiosos basados en la obediencia absoluta al líder espiritual. Se presentan como enemigos de las élites globales mientras reproducen discursos culturales importados directamente desde Estados Unidos. Acusan al progresismo de manipular conciencias mientras celebran estructuras donde el miedo, la culpa y la sumisión emocional son herramientas permanentes de control.

Eso sí: si el sometimiento viene acompañado por un pastor sonriente, luces LED y promesas de prosperidad económica, entonces parece convertirse mágicamente en “defensa de Occidente”.

No es casual que muchos de los sectores religiosos reivindicados por esta nueva derecha libertaria hayan crecido en América Latina bajo fuerte influencia estadounidense y recursos de este país del norte. 

Durante décadas, especialmente en el contexto de la Guerra Fría, Estados Unidos comprendió perfectamente el valor político de determinadas corrientes religiosas para neutralizar movimientos populares y desactivar cualquier conciencia colectiva de transformación social. Mientras sectores de la Iglesia católica ligados a la teología de la liberación denunciaban explotación, pobreza estructural y dependencia económica, comenzaron a expandirse masivamente iglesias centradas en la salvación individual, la prosperidad personal y la obediencia espiritual.

La lógica era perfecta. En lugar de ciudadanos organizados reclamando derechos, individuos aislados culpándose a sí mismos por su pobreza. En lugar de conciencia social, espiritualidad de mercado. En lugar de pensamiento crítico, resignación emocional. El pobre ya no debía cuestionar estructuras injustas: debía orar más fuerte, diezmar más dinero y aceptar que su sufrimiento era parte de un plan divino.

Y así, milagrosamente, la desigualdad dejaba de ser un problema político para transformarse en una cuestión de fe.

Dentro de ese esquema proliferaron organizaciones religiosas que funcionan con dinámicas extremadamente verticalistas y disciplinarias. El caso de los Testigos de Jehová es probablemente uno de los ejemplos más conocidos y discutidos. Diversos exmiembros, investigaciones periodísticas y especialistas en sectarismo han denunciado durante años prácticas de aislamiento social, control psicológico y mecanismos de expulsión que afectan profundamente la libertad individual de quienes abandonan o cuestionan la organización. Personas que pierden vínculos familiares por decidir pensar distinto. Fieles sometidos a una regulación obsesiva de su vida privada. Prohibiciones doctrinales que llegan incluso a cuestiones médicas sensibles como las transfusiones sanguíneas.

Pero aparentemente eso no representa un problema para los grandes defensores de la libertad.

Porque la libertad, en este nuevo diccionario libertario-religioso, parece significar algo bastante peculiar: libertad para obedecer, libertad para someterse y libertad para no cuestionar jamás a la autoridad correcta. Lo intolerable no sería el fanatismo. Lo intolerable sería que el fanatismo no esté alineado ideológicamente con ellos.

Por eso resulta tan revelador el silencio de Agustín Laje y del entorno de Milei frente a discursos que hablan abiertamente de reemplazar la identidad religiosa argentina. Porque si un adversario político dijera que hay que “descristianizar Occidente”, probablemente lo presentarían como prueba definitiva del avance globalista y de la destrucción cultural impulsada por la Agenda 2030. Pero cuando el mensaje proviene de un vocero propio, entonces ya no sería una amenaza: sería parte de la “batalla cultural”.

Lo verdaderamente preocupante no es que existan personas con determinadas creencias religiosas. Lo peligroso es la construcción de una cultura política donde la manipulación emocional, el pensamiento binario y la obediencia doctrinal empiezan a ocupar el lugar del razonamiento crítico. Una sociedad donde el ciudadano deja de ser sujeto político para convertirse en consumidor espiritual y militante emocional de líderes carismáticos.

Porque detrás de toda esta retórica libertaria sobre la libertad individual aparece una obsesión constante por domesticar conciencias. Que nadie cuestione demasiado. Que nadie piense demasiado. Que nadie se organice demasiado. Que cada individuo permanezca aislado en su pequeño universo moral, culpándose de sus fracasos mientras otros concentran poder económico, político y mediático.

Tal vez esa sea la verdadera función de esta nueva religión política disfrazada de batalla cultural: producir sociedades dóciles que confundan obediencia con libertad y sometimiento con fe.

Y quizá por eso Milei, Laje y la Fundación Faro se sienten tan cómodos promoviendo estas voces. Porque una ciudadanía crítica siempre será más difícil de gobernar que una comunidad entrenada para creer sin preguntar.

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