Las ratas huyen cuando el poder deja de protegerlas

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Bolsonaro entiende que su derrota electoral lo deja acorralado, consciente de que la justicia brasileña puede terminar alcanzándolo y de que el poder político, que durante tiempo pudo servirle de escudo, ya no es una garantía de impunidad. Su aspiración presidencial no respondía precisamente a un proyecto para engrandecer Brasil, sino a la posibilidad de conservar una plataforma desde la cual protegerse de las consecuencias judiciales que se ciernen sobre él. 

Capitán Cianuro

Como prófugo hoy se le ve en todos los medios de prensa, con la prohibición de salir del país y la confiscación de pasaportes, forman parte de ese escenario de presión sobre el que se mueve su entorno. Pero cuando las piezas comienzan a caer, aparece la vieja mafia internacional de los intereses compartidos: una red de dirigentes dispuestos a ofrecer respaldo, refugio político o protección a quienes consideran útiles para sus propósitos. Ahí entra en escena el adicto al clonazepam, dispuesto a brindar, directa o indirectamente, un apoyo que apunta a las mismas redes de poder que operan desde Casa Rosada  y Washington, con el respaldo de ese genocida que hoy ocupa la Casa Blanca y que convierte la protección de determinadas figuras políticas en una herramienta de su agenda internacional. Cuando no consiguen instalar a sus propios representantes en el poder, intentan sostener a quienes les garantizan obediencia y acceso a los recursos de la región.

Gritaron a los cuatro vientos que América Latina sería territorio exclusivo de la extrema derecha y que Lula estaba acabado, convertido en un cadáver político. Sin embargo, sus pronósticos volvieron a estrellarse contra la realidad. La sensatez logró imponerse y los Bolsonaro quedaron expuestos como lo que representan para buena parte de la sociedad brasileña: una familia política rodeada de escándalos, que encontró en el respaldo de sectores evangélicos fundamentalistas y grupos fanáticos la oportunidad de conquistar el poder y promover políticas que perjudicaron a las mayorías sociales, incluso a muchos de sus propios electores.

Que Brasil haya conseguido evitar que el poder presidencial se convierta en un refugio para quienes enfrentan graves cuestionamientos judiciales permite entender, además, cuánto habría pesado la maquinaria de Cerimedo y sus granjas de bots en una estrategia destinada a manipular la opinión pública. Todo ello mientras las plataformas digitales, con Meta a la cabeza, se convertían en escenarios de una batalla política en la que Lula debió enfrentarse a una ofensiva comunicacional de enorme magnitud.

Y, como alguien bien lo dijo, Lula le ganó al cabeza de orina de Trump. También le ganó, simbólicamente, a Netanyahu, el dirigente israelí cuya política ha recibido durísimas condenas internacionales por la devastación de Gaza. Aunque en Israel el panorama tampoco invita a celebrar demasiado: allí el poder continúa moviéndose dentro de un escenario político profundamente marcado por el conflicto y por dirigentes cuyas decisiones han dejado una huella devastadora. Pero esa es otra columna.

Hoy lo importante es que Brasil no termine nuevamente en manos de personajes que no buscan engrandecer una nación, sino debilitarla para después venderla por partes al mejor postor. Por ahora, el gigante sudamericano conserva la posibilidad de defender sus intereses nacionales, como también lo hace México frente a las presiones de Washington. El resto de América Latina, en cambio, enfrenta riesgos severos de intervencionismo y recolonización política y económica.

La estrategia es conocida: construir una plantilla de gobiernos alineados con los intereses estadounidenses, un círculo de obediencia continental en el que los recursos naturales, las decisiones soberanas y el futuro económico de nuestros pueblos queden subordinados a los objetivos de Estados Unidos. Para ello cuentan con quince presidentes dispuestos a entregar cuanto sea necesario con tal de conservar el beneplácito del poder imperial.

Y aquí aparece la gran contradicción. Son precisamente estos personajes quienes más hablan de patriotismo, quienes se envuelven en sus banderas, exaltan los colores nacionales y proclaman defender la libertad. Sin embargo, detrás de esa escenografía nacionalista se esconde una secta de forajidos políticos a quienes la soberanía les importa muy poco. Su verdadera lealtad no está con sus pueblos, sino con los intereses del imperialismo yanqui y con los poderosos que les garantizan protección, financiamiento y continuidad política.

Al menos Brasil consiguió mantenerse a salvo de ese destino inmediato. Y la desesperación de Bolsonaro ante el avance de la justicia deja al descubierto otra de las grandes hipocresías de Washington: Estados Unidos habla de democracia, legalidad y justicia internacional siempre que esos principios sirven a sus intereses. Cuando dejan de serle útiles, los tratados internacionales se convierten en papel mojado y las fronteras morales desaparecen para abrir una alfombra roja a los personajes que considera aliados.

La justicia, entonces, parece tener una vara para los adversarios y otra para los amigos. A unos se les persigue en nombre de la democracia; a otros se les ofrece protección porque resultan funcionales a los planes del poder. Esa es la doble moral de quienes pretenden erigirse en guardianes de la libertad mientras respaldan a dirigentes que debilitan las instituciones, atacan derechos sociales y ponen los recursos de sus países al servicio de intereses extranjeros.

Esperemos que este noviembre los propios estadounidenses le quiten el piso a esa sanguijuela política que pretende convertir su país en el centro de una nueva cruzada imperial. Porque América Latina no puede seguir condenada a elegir entre gobiernos sometidos a Washington y proyectos políticos que utilizan la bandera nacional como cortina de humo para ocultar sus negocios.

Brasil ha demostrado que los pronósticos de la extrema derecha no son una sentencia inevitable. Que sus granjas de bots, sus campañas de miedo, sus alianzas fundamentalistas y sus padrinos internacionales no tienen garantizada la victoria. Y que, cuando los pueblos consiguen abrirse paso entre tanta manipulación, las ratas descubren que el poder no siempre alcanza para mantenerlas a salvo.

Porque al final, por mucho que se disfracen de patriotas, los vende patrias terminan revelando su verdadera naturaleza cuando sienten que el poder se les escapa de las manos.

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