(Por Capitán Cianuro) ¿Que el fútbol no es político? Esto afirmó Rodrigo De Paul. Pero cuesta creerlo cuando el fútbol es una de las industrias culturales más poderosas del planeta y sus figuras influyen sobre millones de personas.
Los futbolistas son la cara de un pueblo. Millones de niños y adolescentes los observan, los imitan y los convierten en referentes. Cada gesto, cada fotografía y cada silencio comunica algo.
Por eso me resulta tan hipócrita escuchar que «el fútbol no es política». Lo político no desaparece porque alguien decida no hablar. También existe en las decisiones de callar, de proteger la marca personal, de no incomodar a los patrocinadores o de conservar contratos multimillonarios. La neutralidad, muchas veces, termina favoreciendo al poder establecido.
Los que se la jugaron
Por eso admiro a personas como Marcelo Bielsa, Eric Cantona, Sócrates y Diego Maradona, por mencionar algunos. Se puede estar de acuerdo o no con sus ideas, pero tuvieron el coraje de expresarlas cuando hacerlo implicaba asumir un costo.
Maradona declaró públicamente su admiración por Fidel Castro y defendió la causa palestina mucho antes de que el conflicto ocupara el centro del debate mundial. Nunca escondió lo que pensaba. Se la jugó. Esa coherencia vale más que cualquier estrategia de comunicación.
Hoy, en cambio, varios futbolistas parecen convertirse en productos cuidadosamente administrados. Hablan cuando no incomoda, opinan cuando no arriesgan nada y guardan silencio cuando el mundo atraviesa tragedias que exigen humanidad antes que marketing.
Pero todavía existen excepciones. Ahí está Jackson Irvine, capitán de la selección de Australia y del FC St. Pauli. Mientras algunos insisten en que el fútbol debe mantenerse al margen de la política, Irvine utiliza su visibilidad para defender causas sociales y cuestionar decisiones de los organismos que gobiernan el deporte. Entiende que una plataforma también puede servir para amplificar voces, no solo para vender una imagen.
En contraste, cuando Lionel Messi acepta fotografiarse con Donald Trump, ese gesto también tiene una dimensión política. Del mismo modo, muchas personas interpretan que guardar silencio frente al sufrimiento de la población civil en Gaza transmite un mensaje, aunque otros sostienen que los deportistas no tienen obligación de pronunciarse. Precisamente ahí está el debate: no existe una neutralidad absoluta cuando se posee semejante influencia.
El problema no es que un futbolista tenga ideas políticas. El problema es fingir que no las tiene, mientras cada aparición pública, cada campaña publicitaria y cada fotografía construyen un relato.
El fútbol siempre fue político. Lo fue cuando enfrentó dictaduras. Lo fue cuando combatió el racismo. Lo fue cuando denunció las desigualdades. Y lo sigue siendo hoy. La pregunta nunca fue si el fútbol es político. La verdadera pregunta es al servicio de quién pone su voz quien tiene el privilegio de ser escuchado por millones.
Porque, al final, como se atribuye a Jimi Hendrix: cuando el poder del amor venza al amor al poder, el mundo conocerá la paz.
Mientras millones de personas pasan horas discutiendo un partido de fútbol, el mundo sigue enfrentando guerras, crisis humanitarias y decisiones políticas que afectan la vida de millones. El deporte puede unir a las personas, pero también es cierto que los grandes acontecimientos suelen concentrar la atención pública, dejando en segundo plano conflictos que merecen la misma cobertura.
La historia demuestra que las grandes potencias actúan guiadas por sus intereses estratégicos, económicos y geopolíticos. Países con recursos naturales, posiciones estratégicas o influencia regional han sido durante décadas escenario de presiones, sanciones, intervenciones o disputas entre actores internacionales. Venezuela, con una de las mayores reservas de petróleo del mundo, no ha sido la excepción y lleva años inmersa en una crisis política, económica y diplomática en la que participan múltiples actores externos.
También es legítimo preguntarse si las reglas internacionales se aplican con el mismo criterio para todos. Rusia fue excluida de numerosas competiciones deportivas internacionales tras la invasión de Ucrania, mientras que Israel ha continuado participando en la mayoría de torneos internacionales pese a las críticas y al conflicto en Gaza. Esta diferencia refleja un doble estándar en la forma en que la comunidad internacional responde a distintos conflictos.
Esa percepción no significa que todos los casos sean idénticos, ni que las decisiones respondan a una única causa, pero sí alimenta el debate sobre hasta qué punto las organizaciones internacionales y los gobiernos actúan movidos por principios o por intereses políticos.
Más allá de nuestras posiciones, conviene mantener una mirada crítica, contrastar la información y no permitir que la atención se concentre únicamente en el entretenimiento mientras, en otras partes del mundo, continúan desarrollándose crisis humanitarias que afectan a millones de personas.
Una estatua viva en las gradas
¿Recuerdan a Michel Kuka Mboladinga? Se hizo viral en este Mundial por permanecer inmóvil durante los noventa minutos de cada partido de la República Democrática del Congo, con el brazo derecho en alto, replicando la postura de la estatua de Patrice Lumumba en Kinshasa. Los aficionados lo bautizaron «Lumumba Vea». Con ese gesto rinde homenaje al primer ministro del Congo independiente, líder anticolonial y símbolo de la soberanía africana, asesinado en 1961 con la complicidad de oficiales belgas y el respaldo de la CIA.
Sin embargo, cuando llegó el turno de acompañar a su selección a Estados Unidos, las autoridades le negaron el visado. No se dio una razón oficial, aunque se lo vinculó con las restricciones sanitarias derivadas de un brote de ébola en su país. El resultado, de todas formas, deja una imagen elocuente: mientras un símbolo de resistencia africana quedaba fuera, otro aficionado congoleño tomó su lugar en las tribunas y repitió el mismo gesto. La estatua siguió en pie, aunque cambiara el cuerpo que la sostenía. Se puede negar un visado, pero no se puede impedir que una idea vuelva a entrar al estadio. Esa persistencia de la memoria, sostenida por quien la representa, es en sí misma una forma clara de expresión política, para quienes todavía niegan que la política esté vinculada al fútbol.
Muchos ídolos del fútbol se cuidaron de no incomodar jamás al poder de turno. Pero hubo uno que sí le hizo frente a una dictadura militar: Carlos Humberto Caszely, goleador y leyenda del fútbol chileno.
Durante la dictadura de Augusto Pinochet, la madre de Caszely fue secuestrada y torturada por su cercanía con el gobierno derrocado de Salvador Allende. El propio Estadio Nacional de Santiago fue utilizado como centro de detención, tortura y exterminio tras el golpe de Estado de 1973.
Antes de viajar al Mundial de Alemania en 1974, Pinochet se dispuso a saludar a la selección chilena; cuando llegó el turno de Caszely, el futbolista simplemente no respondió al saludo, dejando al dictador con la mano extendida. Poco después tuvo que instalarse en España, donde jugó para el Levante y el Espanyol. No solo se lo recuerda por sus goles, sino por sus convicciones democráticas y antifascistas: junto a su madre, participó activamente en la campaña del «No» que en 1988 marcó el principio del fin de la dictadura.
Carlos Caszely es recordado como un ejemplo de activismo político dentro del fútbol, más allá del gran jugador que llegó a ser.
De Maradona a Caszely, de Irvine a Mboladinga, la historia del fútbol está atravesada por gestos que incomodaron al poder. Decir que el deporte no es político no es una posición neutral: es, en sí misma, una posición política. La verdadera pregunta sigue siendo la misma: al servicio de quién pone su voz quien tiene el privilegio de ser escuchado por millones.
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