MANUAL PARA NEGAR LO EVIDENTE 

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En tiempos donde la mentira se disfraza de opinión y la historia se edita al gusto del poder, el negacionismo deja de ser ignorancia y se convierte en estrategia: una herramienta para erosionar la memoria, vaciar la democracia y vender como libertad un proyecto que normaliza la desigualdad y el autoritarismo. 

Manuel Capitán Cianuro  

Hay algo fascinante en esta época: la capacidad de mirar el sol y jurar que es de noche. No se trata de un problema oftalmológico, sino ideológico. El negacionismo ya no es un exabrupto marginal; es una estrategia cuidadosamente diseñada. Se niegan violaciones a los derechos humanos, se relativizan dictaduras, se diluyen responsabilidades históricas y, si la evidencia resulta incómoda, siempre queda el recurso infalible: “es tu relato contra el mío”. 

La posverdad no consiste en mentir descaradamente —eso sería demasiado burdo— sino en disfrazar la mentira de opinión respetable. “Tengo otros datos”, dicen, como si la realidad fuera un buffet libre donde cada cual elige el plato que mejor combina con su prejuicio. La historia, que alguna vez fue un campo de estudio riguroso, hoy parece un archivo editable en tiempo real, intervenido por la ansiedad electoral y el algoritmo. 

El negacionismo es seductor porque ofrece alivio. Si nada fue tan grave, entonces nadie tiene que hacerse cargo. Si las cifras son “exageraciones”, si los testimonios son “operaciones políticas”, si los archivos son “interpretaciones interesadas”, entonces el pasado se convierte en una anécdota incómoda y no en una responsabilidad colectiva. Así, la memoria deja de ser un deber ético y pasa a ser un obstáculo para el entusiasmo del presente. 

Pero el fenómeno no se agota en la reinterpretación conveniente del ayer. También se proyecta hacia el presente con un discurso que se autodenomina “libertario”. La palabra libertad —tan manoseada como necesaria— es usada como si fuera una franquicia ideológica. Se repite hasta el cansancio que el Estado es el enemigo absoluto, que toda regulación es tiranía y que la desigualdad es apenas una consecuencia natural del mérito. 

Curiosa libertad esa que solo florece cuando se desmantelan derechos sociales; peculiar rebeldía la que termina aplaudiendo la concentración del poder económico. Se nos vende la idea de que la libertad es dejar que el más fuerte imponga sus reglas sin interferencias, como si la ausencia de límites fuera sinónimo de justicia. Se confunde la desprotección con valentía y la precariedad con eficiencia. 

Lo inquietante no es que existan posturas radicales —eso es parte del pluralismo democrático— sino que se envuelvan en una retórica de redención moral. Se presentan como los únicos valientes que “dicen lo que nadie se atreve”, como si el grito fuera argumento y la provocación sustituyera al debate. La política convertida en espectáculo permanente, donde la consigna vale más que la evidencia. 

El libreto es conocido: se exageran problemas reales hasta convertirlos en amenazas existenciales; se señalan culpables difusos —“la casta”, “los burócratas”, “los progres”, “los enemigos internos”— y se promete una purga purificadora. Todo aderezado con frases simples, ironías fáciles y una épica que reduce la complejidad social a una batalla entre héroes incomprendidos y villanos omnipresentes. 

Mientras tanto, el negacionismo opera como lubricante ideológico. Si el pasado autoritario no fue tan grave, si los atropellos son discutibles, si las instituciones son sospechosas por definición, entonces cualquier retroceso puede presentarse como corrección histórica. Se naturaliza la idea de que los derechos son concesiones revocables y no conquistas ciudadanas. Y así, paso a paso, se instala la normalidad de lo impensable. 

No es casual que estos discursos prosperen en contextos de frustración y precariedad. La incertidumbre económica, la sensación de abandono y el descrédito de la política tradicional crean el escenario perfecto para las certezas absolutas. Cuando el futuro se percibe amenazante, el relato simple ofrece consuelo. Y nada es más simple que dividir el mundo entre “los que despiertan” y “los que siguen dormidos”. 

La ironía es que quienes se proclaman enemigos del adoctrinamiento suelen repetir dogmas con fervor catequístico. Cambian los símbolos, pero conservan la estructura: una verdad revelada, un enemigo permanente y una promesa de salvación. La libertad, convertida en eslogan, termina funcionando como contraseña de pertenencia. Quien duda, traiciona; quien cuestiona, es parte del problema. 

Frente a esto, la respuesta no puede ser otro dogma ni otra simplificación. Defender la memoria histórica no es vivir anclados al pasado; es impedir que el presente se construya sobre arena movediza. Discutir el rol del Estado no es sabotear la libertad; es reconocer que la convivencia democrática requiere reglas compartidas y límites al abuso de poder, venga de donde venga. 

Tal vez la tarea más urgente sea recuperar el valor de los hechos. No como verdades sagradas, sino como puntos de partida comunes. Porque cuando todo es opinable, incluso la dignidad humana se vuelve negociable. Y cuando la historia se transforma en propaganda, el futuro queda a merced de quienes gritan más fuerte. 

Negar lo evidente puede resultar rentable en el corto plazo. Reescribir la historia puede ofrecer aplausos fáciles y victorias fugaces. Pero la realidad, obstinada, siempre termina pasando la cuenta. La pregunta es cuánto daño estamos dispuestos a tolerar antes de admitir que la libertad no es un grito vacío ni una etiqueta de marketing político, sino una construcción colectiva que exige memoria, responsabilidad y algo cada vez más escaso: honestidad intelectual. 

17 de Marzo a las 16.30 hrs en la Asociación Madres Plaza de Mayo lanzaré el libro “50 años del golpe en Argentina, Testimonios” , Hipólito Yrigoyen 1584 CABA 

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