Foro Madrid: cuando la ultraderecha convierte a Santiago en su laboratorio continental.
Capitán Cianuro
Chile tiene una extraña vocación de laboratorio. Cada cierto tiempo alguien decide experimentar con nosotros y, curiosamente, casi siempre quienes hacen el experimento terminan convencidos de que están salvando al país. Durante la dictadura de Augusto Pinochet fuimos el gran laboratorio neoliberal de América Latina. Mientras en las calles se perseguía, torturaba, asesinaba y desaparecía a quienes pensaban distinto, en los escritorios de algunos economistas se ensayaba una nueva religión económica que prometía convertir al mercado en una especie de dios omnisciente, capaz de ordenar por sí solo aquello que la política, según ellos, había sido incapaz de resolver. Chile fue entonces un experimento económico y el experimento funcionó lo suficiente como para que después otros países compraran la receta. Cincuenta años después, parece que quieren volver a experimentar con nosotros. Solo que esta vez el laboratorio no será la economía. Será la política.
Santiago recibirá el V Encuentro Regional de Foro Madrid, esa especie de internacional de las nuevas ultras derechas que ha ido construyendo puentes entre dirigentes europeos, latinoamericanos y estadounidenses. Javier Milei, José Antonio Kast, Santiago Abascal y otros representantes de esta constelación política delirante, se reunirán en la capital chilena para hablar, entre otras cosas, de libertad, soberanía, seguridad, patria y civilización occidental. Palabras hermosas, por cierto. La historia está llena de ellas y también está llena de personas que las utilizaron para hacer exactamente lo contrario de aquello que decían defender. Porque nadie llega al poder diciendo que pretende destruir la democracia. Hasta los autoritarios necesitan presentarse como sus salvadores. Nadie anuncia que viene a quitar libertades; viene a “recuperarlas”. Nadie dice que pretende perseguir al adversario; dice que viene a combatir a los enemigos de la patria. Nadie reconoce que quiere imponer una determinada visión del mundo; habla de recuperar el sentido común. La política contemporánea ha descubierto algo extraordinariamente eficaz: basta cambiar el nombre de las cosas para que algunas cosas parezcan nuevas.
Y ahí está precisamente el peligro. No estamos frente a un grupo de filósofos reunidos en Santiago para discutir serenamente sobre el futuro de Occidente mientras toman café y citan a Spinoza. Tampoco frente a una inocente reunión de intelectuales preocupados por el destino de la democracia. Estamos frente a políticos enajenados que han entendido que el miedo moviliza mucho más que la esperanza, que el enemigo vende mejor que el argumento y que una sociedad dividida entre buenos y malos es infinitamente más fácil de administrar que una sociedad compleja, contradictoria y llena de ciudadanos que piensan por sí mismos. El gran éxito de estas nuevas derechas no consiste solamente en haber ganado elecciones. Consiste en haber conseguido transformar la política en una batalla moral, donde ya no basta con discrepar: hay que destruir al adversario; ya no basta con tener una ideología: hay que convertirla en una religión; ya no basta con tener un líder: hay que convertirlo en mesías. Y cuando aparece el mesías aparecen inevitablemente los creyentes, los conversos y también los herejes.
Todo esto ocurre mientras nos hablan obsesivamente de libertad. La paradoja sería divertida si no fuera tan peligrosa, porque la libertad de la que hablan parece funcionar maravillosamente mientras todos estén de acuerdo con ellos. El problema comienza cuando aparece alguien que piensa distinto. Entonces la libertad empieza a tener condiciones y la democracia comienza a adquirir letra pequeña. Chile debería prestar especial atención a esa transformación porque conocemos demasiado bien el final de ciertas historias. Este país ya tuvo un laboratorio. Ya sabemos lo que significa que desde el extranjero se mire a Chile como un experimento ejemplar. Ya sabemos lo que significa que nuestras instituciones sean utilizadas como vitrinas para demostrarle al mundo que determinado modelo puede funcionar. Ya sabemos también que detrás de las grandes teorías económicas y políticas existen personas concretas que terminan pagando el precio cuando el experimento sale mal. Por eso resulta tan inquietante que nuevamente se quiera convertir a Santiago en una especie de capital continental de una corriente política que está creciendo alrededor del nacionalismo, el autoritarismo cultural, la obsesión por la seguridad, el anticomunismo convertido en comodín y una guerra permanente contra aquello que sus protagonistas han decidido llamar “progresismo”.
Chile vuelve a ser mostrado como ejemplo y cuando un país comienza a ser presentado como ejemplo por quienes pretenden transformar radicalmente una región, conviene preguntar exactamente qué es lo que están admirando. Porque quizá no estén admirando nuestras montañas, nuestra cordillera, nuestros vinos, ni nuestro océano. Quizá estén admirando la posibilidad de demostrar que una sociedad latinoamericana puede convertirse en la punta de lanza de una nueva derecha internacional. Y eso es bastante diferente.
Lo curioso es que muchos de quienes participan en este movimiento parecen vivir convencidos de que han descubierto algo completamente nuevo, cuando en realidad están reciclando viejos fantasmas con tecnología de redes sociales. El caudillo ahora tiene X, la propaganda tiene algoritmos, la arenga tiene millones de reproducciones y el culto a la personalidad tiene seguidores, likes y notificaciones. El enemigo de ayer era el comunista; el enemigo de hoy puede ser el globalista, el progresista, el woke, la izquierda, bueno el zurdo, el burócrata internacional, o cualquier otro personaje que pueda ser colocado convenientemente en el escenario del mal. Cambian las palabras; el mecanismo permanece.
Y en medio de todo esto aparece un fenómeno particularmente desagradable: el narcisismo político. La necesidad permanente de tener la razón, la incapacidad de admitir errores, la convicción de que el líder encarna la voluntad del pueblo, la idea de que cualquier crítica constituye una conspiración y la transformación de la política en una extensión del ego. No es necesario llamar “enfermos psiquiátricos” a sus protagonistas. La enfermedad no está necesariamente en las personas, sino en una cultura política que ha conseguido convertir el narcisismo en virtud y la arrogancia en liderazgo. Es la decadencia de una política que ya no quiere convencer, sino vencer, y después pretende que los vencidos agradezcan haber sido derrotados.
Tal vez por eso el encuentro de Santiago resulte más interesante de lo que sus organizadores imaginan. Porque quizás los electores miren, escuchen y, por una vez, no se queden únicamente con el espectáculo de los hombres fuertes, las banderas, las consignas y las fotografías. Quizás se pregunten qué viene después. Porque ese es siempre el problema con los experimentos: nunca basta con observar el comienzo, hay que preguntarse quién pagará la cuenta cuando termine.
Chile ya fue laboratorio de una revolución económica y ahora pretenden convertirlo en laboratorio de una revolución política. Tal vez la verdadera prueba no sea para ellos, sino para nosotros; para saber si una sociedad que sufrió una dictadura es capaz de reconocer los síntomas de la intolerancia antes de que vuelvan a convertirse en enfermedad colectiva, para saber si todavía entendemos que democracia significa algo más que ganar una elección, para saber si todavía somos capaces de convivir con quien piensa distinto sin querer convertirlo en enemigo y para saber, en definitiva, si aprendimos algo de nuestra propia historia.
Hoy 3 de septiembre Santiago recibirá a quienes llegan convencidos de estar inaugurando una nueva era. Que hablen, que se reúnan, que defiendan sus ideas. La democracia debe soportarlo. Pero que nadie confunda la tolerancia democrática con ingenuidad. Una democracia madura no teme escuchar a sus adversarios: los observa, los analiza, los confronta y, sobre todo, recuerda.
Chile ya fue laboratorio una vez y quizá sea hora de decirles a quienes vuelven a mirarnos como territorio de experimentación que esta vez el experimento tiene un elemento que no estaba en sus cálculos: los ciudadanos también están mirando. Y a veces, cuando los militantes de a pie recuerdan, los laboratorios dejan de ser laboratorios. Se convierten simplemente en países. Países con memoria, países con heridas, países que ya saben que detrás de ciertas palabras demasiado grandiosas puede esconderse una oscuridad bastante menos grandiosa. Porque los buitres nunca necesitan anunciar que vienen a devorar. Les basta con esperar. Y Chile ya conoce demasiado bien el sonido de sus alas.

