Beijing renovó su guerra contra la ostentación de riquezas y la consideración del dinero como único modelo de éxito. De las regulaciones a favor de una mayor austeridad a los cambios sociales en uno de los países con más multimillonarios del mundo. La noción de prosperidad común.
Por Fernando Capotondo
Hasta hace pocos años, Xu Jiayin era la personificación del éxito económico chino. Como fundador y líder del gigante inmobiliario Evergrande, en 2017 se convirtió en el hombre más rico de Asia, con una fortuna estimada en 45.300 millones de dólares, según Forbes. En 2023 fue detenido por una larga lista de delitos financieros y de corrupción; y esta semana, un tribunal de Shenzhen lo condenó a cadena perpetua y ordenó la confiscación de todos sus bienes.
El empresario fue declarado culpable de malversación de fondos, sobornos, fraude y divulgación ilícita de información. Pero más allá de estos delitos, su caso sirve para introducir una pregunta que China viene colocando cada vez más en el centro de su discurso político: qué relación debe existir entre riqueza, poder y reconocimiento social en una sociedad que se define como socialista.
Tanto la condena a Xu Jiayin como la denominada Regla de los Ocho Puntos, aprobada en 2012 tras la llegada de Xi Jinping al liderazgo del Partido Comunista de China (PCCh), pusieron de manifiesto el compromiso del gobierno chino con la promoción de una “cultura de la integridad” y de lucha contra la corrupción, según destacan desde Beijing.
Estos objetivos no pueden desligarse de las medidas que comenzaron a aplicarse en 2013 para impulsar conductas más austeras en todos los ámbitos, una política que se reforzó durante 2025 con nuevas regulaciones de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma (NDRC) y otros organismos para promover el ahorro y cambios de conducta ante los consumos considerados de lujo.
La austeridad oficial se tradujo en la modificación de algunas prácticas: menos banquetes y recepciones, restricciones para los viajes al exterior, límites al uso de vehículos y controles sobre reuniones, celebraciones, regalos y otros gastos de representación. También se establecieron límites concretos para la construcción y ampliación de edificios públicos.
En paralelo, el Comité Central de Inspección Disciplinaria (CCDI) extendió las restricciones salariales y los topes a los bonos ejecutivos en bancos estatales y gestorías de fondos, bajo el argumento de erradicar los «estilos de vida hedonistas de la élite bursátil».

Conceptos y cambios
La campaña oficial de austeridad también comenzó a modificar algunas conductas cotidianas, que los ciudadanos chinos no se habían detenido a cuestionar vaya uno a saber porqué. Algunas parecerán de poco valor desde el exterior, pero puertas adentro no pasó desapercibido que ciertos restaurantes redujeran las porciones para evitar desperdicios y que llevarse las sobras de comida a casa dejara de ser una costumbre asociada exclusivamente a los bolsillos de la clase media.
Los grandes banquetes de bodas y funerales, durante años vinculados con la posición social de las familias, empezaron a dar paso a celebraciones más moderadas. Los mensajes que presumían de riquezas fueron desapareciendo de las redes sociales. Y ganó visibilidad el llamado “lujo silencioso”, una tendencia que reemplazó los logos gigantescos por prendas de alta gama cuya marca resulta imperceptible para el ojo no entrenado.
“La actitud de la sociedad hacia el consumo de lujo está cambiando de manera positiva”, es el balance de las autoridades chinas.
Todo esto gira alrededor del denominado xuānfù, un concepto que no describe simplemente a una persona rica, sino la exhibición deliberada de esa riqueza como atributo de prestigio. Una mansión, un automóvil o una compra millonaria pueden ser objetos privados. Pero cuando se transforman en argumento para mostrar una determinada idea de éxito personal, entran en el radar de un estilo de vida que, según Beijing, va a contramano de los valores tradicionales chinos.
Otra noción clave es la de gōngtóng fùyù, prosperidad común, que vincula la tradición confuciana de exigir una conducta moral a las élites con la preocupación marxista por la concentración de la riqueza. Es una idea rescatada en los documentos doctrinales del Partido, donde Xi Jinping llamó a combatir el «hedonismo» y la «búsqueda ciega del lujo», a través de una cultura de austeridad que coloque el progreso individual en sintonía con la responsabilidad social.
La socióloga Sun Feng, de la Universidad de Tsinghua, explicó al Diario del Pueblo que “el consumo pasó del nivel de las necesidades al nivel de los símbolos” y que “el abandono de la ostentación implica una redefinición de la idea de estatus”. Para la académica, el cambio impulsado por un discurso oficial que promueve la sencillez “está reformulando las reglas no escritas de la distinción social en la China contemporánea”.

El debate
La cuestión ideológica atraviesa a un país que, según Forbes, alberga 539 multimillonarios en China continental y 71 en Hong Kong. En las calles de Shanghái, Beijing o Shenzhen, las marquesinas de Cartier y Louis Vuitton conviven con un sector de altos ingresos que convirtió al país en uno de los principales mercados internacionales para los productos de alta gama.
Ahí aparece la paradoja. China combate el despilfarro y habla de prosperidad común mientras conserva una enorme concentración de capital privado y produce algunas de las mayores fortunas del planeta.
Desde una matriz liberal occidental, la acumulación y el consumo suelen ser considerados expresiones de autonomía individual y el estatus puede exhibirse como un trofeo personal. La matriz china introduce otra variable: el Estado se reserva el derecho de intervenir sobre las expresiones públicas de esa riqueza cuando considera que afectan determinados valores colectivos.
Eso no significa que Beijing pretenda eliminar el mercado ni la riqueza privada. De hecho, los multimillonarios contabilizados por Forbes muestran la incongruencia de semejante interpretación. La disputa gira alrededor de quién define qué significa tener éxito y qué parte de ese éxito se considera correcto exhibirla públicamente.
La frase «el lujo es vulgaridad», que bien podría resumir la postura china, sintetiza el núcleo del debate. Para muchos países, el mundo gira alrededor del dinero. Lo que China no está dispuesta a tolerar es que se convierta en la medida de todas las cosas.

