Riesgo vial en la UNAJ: un casi choque que se repite a diario

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Un docente estuvo a centímetros de chocar al salir de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ) hacia el Camino General Belgrano. No fue el primero. Y desde 2014 el problema está identificado.

El auto salió despacio del predio de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. El docente giró el volante hacia la izquierda, buscando tomar el Camino General Belgrano en dirección al Cruce Varela. Fue un segundo, tal vez menos: otro vehículo venía por la avenida y frenó al límite. No hubo bocinazo que alcanzara a tiempo. No hubo choque. Pero hubo, otra vez, ese instante en el que todo pudo haber sido distinto.

Era el martes 11 de agosto de 2026, poco después del mediodía, en uno de los accesos más transitados de la UNAJ.

Nadie se bajó del auto. Nadie llamó a la policía. El episodio podría haberse perdido entre los cientos de maniobras que se hacen cada día en ese mismo lugar, sin semáforo, sin ordenamiento, sin una señal que le diga a quien sale del predio cuándo es seguro cruzar. Pero esta vez alguien lo registró. Y ese registro, según testimonios recogidos para esta investigación, no describe una excepción: describe una rutina.

Vehículos que salen de la Universidad y deben incorporarse al Camino General Belgrano realizando giros o cruces en una zona donde no hay semáforo que ordene el movimiento. Así lo describen quienes circulan a diario por el lugar. Así estuvo a punto de terminar, el martes, con un choque.

Una escena, no un veredicto

La escena del martes no debería leerse como un accidente ni como una prueba de responsabilidad de nadie en particular. Es, por ahora, apenas eso: un testimonio concreto de una situación de riesgo. Pero esa escena cambia de escala cuando se la mira a la luz de una historia que empezó hace más de una década.

En 2014, fue la propia UNAJ la que planteó ante la Dirección de Vialidad de la provincia de Buenos Aires la necesidad de abrir una nueva entrada por Camino General Belgrano. El objetivo era resolver los problemas que generaba el ingreso y egreso diario de miles de personas.

En 2017, Infosur dio cuenta de un proyecto de semaforización para esa misma entrada, que incluía además la posibilidad de trasladar hacia allí las paradas de colectivos. Ese mismo año, la Universidad anunció nuevas medidas de seguridad para sus accesos, entre ellas la presencia de personal de tránsito en los horarios pico sobre General Belgrano.

Porque la avenida Calchaquí tuvo, en su momento, el mismo problema. Fue la propia UNAJ la que reclamó allí un semáforo, ante una situación de riesgo similar a la que hoy se repite en General Belgrano. El semáforo llegó. Y con él llegó una reorganización del ingreso a la Universidad que, con el tiempo, terminó de definir el mapa actual: por Calchaquí, con su cruce semaforizado, ingresan hoy las autoridades y los invitados VIP. Por General Belgrano, sin semáforo, ingresa el resto: estudiantes, docentes, no docentes, visitantes. Miles de personas, todos los días, por el acceso que quedó sin resolver.

Casi diez años después de aquel primer planteo de 2014, un docente puede salir de la Universidad, iniciar una maniobra hacia el Camino General Belgrano y quedar a centímetros de un choque con otro vehículo.

La pregunta que importa: ¿Qué hizo la UNAJ?

La pregunta que deja el martes no es quién tuvo la culpa de esa maniobra puntual. La pregunta es otra, y apunta más alto: ¿qué medidas adoptó la UNAJ durante estos años para evitar que una situación de riesgo conocida terminara convirtiéndose en un accidente? Y hay una segunda pregunta, que nace directamente del propio historial de la Universidad: si el reclamo por un semáforo en Calchaquí prosperó y resolvió aquel riesgo, ¿por qué el mismo criterio no se aplicó todavía sobre el acceso de General Belgrano, por el que circula la inmensa mayoría de la comunidad universitaria?

El episodio es, en todo caso, un punto de partida. Esta investigación buscará determinar cuántas situaciones similares se producen a diario en ese acceso, si existen registros internos de la Universidad sobre ellas, si hubo reclamos formales de la comunidad universitaria y qué evaluación de riesgo vial se hizo, si se hizo, sobre un acceso que la propia institución impulsó a crear.

También será necesario establecer qué medidas de seguridad están vigentes hoy en ese punto: si hay semáforos, señalización horizontal y vertical, iluminación, reductores de velocidad, personal de tránsito, cámaras, sendas peatonales, cruces seguros, ordenamiento de los giros y señalización específica para la salida e incorporación al Camino General Belgrano.

Y, sobre todo, si existe un estudio técnico de seguridad vial de ese acceso. Si existe, debería permitir saber qué riesgos fueron detectados en su momento y qué soluciones se recomendaron. Si no existe, queda flotando una pregunta todavía más incómoda: ¿cómo se decidió que aquel acceso alternativo planteado en 2014 pasara a ser una vía de uso cotidiano para toda la comunidad universitaria, sin una evaluación integral de seguridad vial que lo respaldara?

De la anécdota al expediente

Para que esta investigación tenga peso periodístico, hace falta transformar las historias sueltas en documentación: accidentes, choques, denuncias, publicaciones de estudiantes, reclamos presentados ante la UNAJ, pedidos de intervención, expedientes y registros oficiales.

Hay, además, un camino posible: construir un mapa de puntos de riesgo alrededor de la Universidad, empezando por el acceso de General Belgrano y siguiendo el rastro de las maniobras que hacen todos los días estudiantes, docentes, nodocentes y visitantes.

El casi choque del martes puede quedar como una anécdota más. O puede ser la escena que finalmente permita demostrar algo que, para quienes transitan ese acceso a diario, ya no necesita demostración: que el problema lleva años siendo visible, y que todavía nadie lo resolvió.

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