La «Polarización» argentina como estafa discursiva

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Cómo un 38% intenta convertirse discursivamente en el 50%, mientras la pobreza vuelve a subir, el trabajo se precariza y la desigualdad se profundiza bajo el disfraz del “empate técnico”

Capitán Cianuro

Hay un truco de ilusionismo que la política argentina ejecuta con la elegancia de un mago de fiestas infantiles: convertir un 38% en una mitad. Se llama “polarización” y es, probablemente, uno de los productos de contrabando mejor logrados del mercado discursivo actual. Nos lo venden envuelto en papel de seda académica: “grieta”, “dos Argentinas”, “empate técnico”. Pero adentro no hay demasiada sociología: hay una calculadora, un megáfono y bastante fe.

Conviene detenerse en el numerito, porque la aritmética, a diferencia de algunos politólogos de streaming, no cobra por opinar. La última medición de AtlasIntel para Bloomberg ubica la desaprobación de la gestión de Javier Milei en 58%, mientras la aprobación alcanza el 38,1%. Es decir, veinte puntos de diferencia. 

Eso no significa que Milei haya perdido una elección. No la ha perdido. Sigue gobernando y, por ahora, nadie le ha quitado las llaves de la Casa Rosada. Significa algo bastante más incómodo para el relato oficial: una mayoría desaprueba su gestión mientras una minoría considerable continúa respaldándola.

Pero decirlo así sería demasiado sencillo. Y la política argentina tiene una extraordinaria capacidad para convertir lo sencillo en una tesis doctoral cuando el dato no acompaña.

¿Cómo se transforma entonces un 38% en “la mitad del país”? Con el viejo truco del ventrílocuo: hablar fuerte y mover poco los labios. El 38% fiel funciona como una start-up de la fe: cohesionada, ruidosa, digitalmente organizada y con una capacidad extraordinaria para convertir cada encuesta favorable en una epopeya nacional.

Del otro lado no hay necesariamente un ejército político. Hay algo bastante menos espectacular: gente intentando llegar a fin de mes. Jubilados haciendo cuentas, comerciantes mirando la persiana como quien contempla un certificado de defunción, jóvenes endeudados, trabajadores que combinan empleos, familias haciendo malabares entre el supermercado, el alquiler y la tarjeta.

Es difícil construir una épica de “dos Argentinas” cuando una de ellas está demasiado ocupada intentando pagar la factura.

Y ahí aparece la genialidad perversa del relato: si todo es “grieta”, cualquier reclamo deja de ser un reclamo y pasa a ser un bando. La señora que no puede pagar la luz ya no es una ciudadana con un problema concreto: puede convertirse, por arte de magia discursiva, en “una militante kirchnerista”. El jubilado que protesta por su cobertura es un “opositor”. El estudiante que reclama por la universidad es un “zurdo”. El trabajador precarizado que cuestiona su salario, vaya uno a saber qué será.

El hambre se reclasifica como ideología. El tarifazo se reetiqueta como opinión política. La pobreza se convierte en una discusión semántica.

Así, el problema desaparece detrás de la etiqueta. Ya no importa si una persona puede pagar la comida: importa de qué lado está.

La verdadera fractura, sin embargo, no necesariamente está entre dos Argentinas que piensan distinto. Está entre quienes toman decisiones y quienes padecen sus consecuencias. Y esa diferencia resulta bastante menos cómoda que la palabra “polarización”, porque obliga a hablar de resultados.

Ahí empiezan los problemas.

El desempleo llegó al 7,8% en el primer trimestre de 2026 y la informalidad laboral trepó al 44,2%, según datos del Indec. La particularidad es que la tasa de desempleo prácticamente se estabilizó, pero lo hizo acompañada de más informalidad y subocupación. Es decir: el mercado absorbe trabajadores, sí, pero una parte creciente lo hace en empleos más precarios. 

Un verdadero prodigio estadístico: si no encontrás un trabajo formal, siempre puedes  conseguir una changa y así ayudar a que la planilla luzca un poco más saludable.

La diferencia entre una estadística y la vida real es que la primera puede presentar una cifra; la segunda tiene que pagar el alquiler.

Y mientras tanto, la industria y la construcción muestran señales preocupantes. En julio de 2026 la producción manufacturera cayó 5% mensual y la construcción 4,6%; desde diciembre de 2023 se perdieron, según datos citados a partir de registros oficiales, unos 87.000 empleos formales industriales y cerraron más de 4.000 empresas. 

Pero todo esto tiene una explicación tranquilizadora: es el precio del cambio.

Una frase magnífica. Sirve para casi todo. Si cierran empresas, es el precio del cambio. Si se pierde empleo, es el precio del cambio. Si cae el consumo, es el precio del cambio. Si aumenta la deuda familiar, también. Y si mañana desaparece la heladera, probablemente será porque el mercado necesitaba mayor eficiencia térmica.

La deuda familiar, de hecho, ya se convirtió en otro síntoma del modelo. Más de 20 millones de argentinos tienen deudas con bancos, tarjetas, billeteras virtuales u otras entidades, y más de una cuarta parte de esos deudores presenta mora. Entre los menores de 25 años, la morosidad llega al 37,6%. 

Pero tampoco conviene dramatizar. Siempre queda la solución libertaria definitiva: pedir otro préstamo para pagar el anterior.

El problema con el relato del “milagro” es que necesita seleccionar cuidadosamente qué parte de la película mostrar. Se exhibe el descenso de la pobreza después del pico de 2024 y se lo presenta como prueba irrefutable del éxito del modelo. Pero una economía no se evalúa congelando la pantalla en el fotograma más conveniente.

Hay que mirar la película completa: empleo, salarios, consumo, informalidad, endeudamiento, actividad productiva y distribución del ingreso.

Porque estabilizar determinadas variables macroeconómicas no significa automáticamente que una familia viva mejor. Y reducir la inflación, aunque sea necesario, no convierte mágicamente un salario insuficiente en un salario digno.

Ese es precisamente el punto que el discurso de la polarización intenta esconder.

Cuando una sociedad discute solamente quién tiene razón ideológicamente, deja de discutir quién está pagando la cuenta.

Y ahí el “empate técnico” resulta especialmente conveniente. Porque si estamos empatados, nadie tiene demasiadas razones para preguntar quién gana y quién pierde. Pero la economía sí distribuye ganadores y perdedores.

Los subsidios, los salarios, las jubilaciones, el transporte, la salud, la educación, el crédito y el acceso al trabajo no son abstracciones ideológicas. Son decisiones concretas que afectan de manera desigual a distintos sectores.

Y cuando el costo del ajuste cae sobre quienes tienen menos margen para soportarlo, llamarlo simplemente “reordenamiento” es una elegante manera de pedirle al que está abajo que agradezca mientras le explican por qué debe seguir bajando.

La motosierra, además, terminó convirtiéndose en una marca registrada del Gobierno. El problema de las marcas es que, tarde o temprano, alguien tiene que pagar el producto.

Y mientras el Gobierno celebra determinados indicadores macroeconómicos, el malestar social empieza a expresarse en otros lugares: endeudamiento, discapacidad, salud, empleo, universidades, consumo y preocupación por el futuro. Incluso el Congreso ha debido abordar recientemente la creciente morosidad familiar y la crisis de atención a personas con discapacidad. 

Nada de esto encaja demasiado bien en el relato de las “dos Argentinas” simétricas.

Encaja mejor en una explicación bastante menos cinematográfica: hay un Gobierno que continúa ejerciendo el poder, conserva un núcleo importante de apoyo, pero enfrenta niveles de desaprobación que cuestionan la idea de que su respaldo social equivalga a una mayoría.

Y eso es precisamente lo que la palabra “polarización” puede ayudar a esconder.

Porque si existe una “Argentina de Milei” y una “Argentina antimilei”, entonces todo parece estar dividido exactamente por la mitad. Es una construcción narrativa perfecta. Tiene dos lados, dos camisetas, dos trincheras y, si hace falta, hasta dos expertos para discutirlas durante tres horas en televisión.

Lo único que falta es la mitad que, aparentemente, alguien tuvo que inventar.

La próxima vez que alguien explique, con cara de manual de ciencias políticas, que “Argentina está profundamente dividida”, conviene hacer una pregunta bastante menos sofisticada:

¿Dividida entre quiénes y en qué proporciones exactas?

Porque si hablamos de una encuesta donde 58% desaprueba la gestión y 38,1% la aprueba, no estamos frente a dos mitades equivalentes. Estamos frente a un Gobierno que sigue gobernando, una oposición social que crece en determinados indicadores y una minoría oficialista que conserva una fortaleza política nada despreciable.

Eso último también hay que decirlo: 38% no es poco.

Lo verdaderamente extraordinario es necesitar convertirlo en 50%.

Y ahí aparece la estafa discursiva: no cambiar los números, sino cambiarles el nombre.

Porque cuando un 38% se presenta como “la mitad del país”, la matemática deja de ser una ciencia y empieza a trabajar en comunicación política.

Y, por supuesto, siempre habrá algún experto dispuesto a explicarnos que no son 38.

Son “los argentinos que todavía entienden el proceso histórico”.

La calculadora, mientras tanto, sigue esperando que alguien le avise que ya fue contratada como militante.

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