Vecinos del barrio de Florencio Varela denunciaron que desconocidos ingresaron a la Capilla Sagrado Corazón y destruyeron el trabajo de refacción que la comunidad venía realizando con esfuerzo propio. No hubo robo: solo daño.
Las ventanas las habían elegido entre todos. Las juntaron, las colocaron, y estaban en plena tarea de pintura cuando ocurrió lo que en Florencio Varela parece ocurrir cada vez con más frecuencia: alguien entró a romper lo que otros habían construido.
La capillita Sagrado Corazón del barrio Pico de Oro amaneció destrozada, y la comunidad que la venía refaccionando con recursos propios tuvo que volver a pararse frente a algo que ya conoce demasiado bien: el trabajo colectivo arrasado en una sola noche.
La noticia llegó a Infosur a través de vecinos del barrio. En sus palabras no había distancia ni mesura: había tristeza directa, sin mediaciones. «Gente que sólo hace destrozo, maldad», escribieron. Es el lenguaje de quien pone las manos para construir algo y al día siguiente lo encuentra roto.
La Capilla Sagrado Corazón sostenida por el barrio
La capillita Sagrado Corazón no es un edificio religioso en el sentido formal del término. Es de esas construcciones barriales que existen porque una comunidad decidió que debían existir, que la sostiene con lo que tiene y que la mejora de a poco, con el tiempo y los recursos que se van consiguiendo.
Las ventanas nuevas eran parte de ese proceso: algo concreto y visible, que marcaba un antes y un después en el aspecto del lugar. La pintura era el siguiente paso.
Ese proceso quedó interrumpido. Lo que los vecinos describieron como destrozos habla de un ingreso que no tuvo otro propósito que el daño: no hay registro de robo de objetos de valor, no hay una lógica instrumental detrás del episodio. Solo la rotura por la rotura misma, que es quizás la forma más desoladora de violencia contra el patrimonio común.
Un patrón que se repite en Florencio Varela
El caso de la capillita de Pico de Oro no es un hecho aislado en el distrito. Florencio Varela viene registrando en las últimas semanas una seguidilla de ataques contra espacios comunitarios y educativos: escuelas robadas, escuelas vandalizadas, y ahora un lugar de encuentro espiritual y barrial convertido en blanco de quienes, como dijeron los propios vecinos, «solo saben hacer destrozo».
Lo que tienen en común todos estos hechos es lo que destruyen más allá de lo material: la confianza de que vale la pena cuidar lo colectivo. El impulso de quienes invierten tiempo y energía en mejorar su entorno. La sensación de que el esfuerzo comunitario tiene alguna protección. Cada vez que una capilla o una escuela amanece destrozada, esa confianza recibe un golpe que los ladrillos y la pintura nueva no alcanzan a reparar solos.
«Siempre pasa esto»
Los vecinos de Pico de Oro cerraron su mensaje a Infosur con tres palabras que no eran una pregunta pero funcionaban como una: «Siempre pasa esto». Una frase que condensa el cansancio de una comunidad acostumbrada a reponer lo que otros rompen, a empezar de nuevo, a no bajar los brazos aunque los motivos para hacerlo se acumulen.
Las ventanas siguen ahí, aunque dañadas. La pintura, interrumpida. Y el barrio, como siempre, tendrá que decidir si vuelve a intentarlo.
Conociendo a estas comunidades, la respuesta probablemente sea que sí.
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