La telenovela liberal: Macri, Nisman, Milei y el eterno looping argentino 

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(Por Manuel Capitán Cianuro) Si la política argentina fuera una serie, ya estaría cancelada por exceso de surrealismo. Ni los guionistas más creativos de HBO o Netflix se animarían a presentar un país donde los protagonistas cambian de peinado, pero no de privilegios, donde los muertos votan simbólicamente y los vivos gobiernan con manual de marketing. 

En el centro de esta tragicomedia está Mauricio Macri, ese raro animal político que combina fortuna heredada, suerte judicial y una notable capacidad para parecer sorprendido cada vez que lo sorprenden.  

Macri no camina: flota. No tropieza: “reformula”. No pierde: “reencuadra”. Si el país fuera una mesa de póker, él sería el jugador que siempre gana… y después te explica que fue por mérito personal. 

Su biografía pública parece escrita por un productor irónico. Empezó haciendo política desde el fútbol —ese espacio sagrado donde el poder se aprende mejor que en cualquier facultad— y convirtió a Boca en una escuela de realismo mágico: triunfos deportivos por un lado, negocios por el otro, y una platea que aplaudía sin mirar demasiado los contratos detrás del telón. 

Cuando llegó a la Ciudad de Buenos Aires, el libreto se mantuvo intacto: licitaciones con perfume familiar, proveedores que casualmente conocían al intendente, y una estética de modernidad que tapaba más de lo que mostraba. La transparencia no era una ventana; era un vidrio polarizado. 

Pero el verdadero acto estelar llegó en 2015. “Pobreza cero”, prometió con sonrisa de catálogo y el “cambio” promesa de todos.  Lo que llegó fue deuda récord, tarifazos con poesía neoliberal y un país convertido en cajero automático del Fondo Monetario Internacional. Cada discurso presidencial sonaba a coaching corporativo: resiliencia, futuro, inversiones que “ya venían”… y que nunca llegaron. 

Los Panama Papers lo encontraron paseando offshore como quien pasea un perro en Miami. Nada que ver con nada, dijo él, y buena parte del sistema mediático asintió como si esa frase fuera una tesis doctoral. Apareció su nombre en decenas de cuentas, pero las tapas de ciertos diarios parecían mirar para otro lado con una elegancia casi artística. 

Y después vino el capítulo del Correo Argentino, donde el Estado perdonó una deuda gigantesca a una empresa vinculada a su familia. Un guión demasiado obvio: si esto pasara en otro país, habría estallado un escándalo continental, aunque en los tiempos que vivimos pareciera que este tipo de acciones , más que producir escandalo se aplauden. Igual en Argentina fue apenas un suspiro de indignación y luego silencio de museo. 

Mientras tanto, el FMI desembolsaba dólares como quien riega un jardín marchito, y el país se endeudaba por generaciones. Los amigos de Macri prometían “lluvias de inversiones”. Lo único que llovió fueron facturas. 

En paralelo, sobrevolaba el fantasma de Alberto Nisman, convertido en meme trágico y consigna selectiva. “Todos somos Nisman” se gritó con fervor religioso… hasta que dejó de ser políticamente conveniente. En este país, incluso las muertes sensibles se usan como banderas y luego se guardan en un cajón cuando incomodan. 

La causa se desarmó, la indignación mutó en olvido, y el sistema siguió girando como un carrusel cínico. Nisman pasó de ser símbolo de la verdad a souvenir político: se lo saca del estante cuando sirve y se lo tapa con polvo cuando molesta. 

Y en ese escenario ya saturado de ironía apareció Javier Milei, con patillas eléctricas, motosierra imaginaria y un tono de predicador de YouTube. Donde Macri vendía “gradualismo”, Milei vende catarsis. Donde Macri hablaba de república con sonrisa corporativa, Milei grita libertad con espuma en la boca. 

Milei mira a Macri como quien mira a un liberal demasiado educado; Macri mira a Milei como quien observa a un sobrino incómodo que habla fuerte en Navidad. Sin embargo, cuando hay que proteger intereses económicos profundos, ambos terminan bailando la misma coreografía. 

El libertario promete dinamitar el Estado, pero curiosamente nunca apunta la dinamita hacia las grandes fortunas amigas del poder. Su revolución suena más a ajuste que a emancipación, más a recorte que a justicia. 

Así se completa el triángulo perfecto de la comedia negra argentina: 

Macri, el campeón de la suerte institucional. 

Nisman, el muerto que habla solo cuando conviene. 

Milei, el rockstar antisistema que termina orbitando alrededor del mismo sistema de siempre. 

Lo fascinante —y trágico— es que este teatro no funciona por accidente. Funciona porque hay un andamiaje mediático, económico y judicial que prefiere estabilidad para los de arriba y resignación para los de abajo. 

Macri no es solo un individuo: es una lógica. Una lógica donde los amigos del poder nunca pierden, donde las culpas se diluyen y donde los costos siempre caen sobre la gente común. 

Milei no es solo un personaje excéntrico: es la versión acelerada de esa misma lógica, sin maquillaje ni eufemismos. Si Macri fue el ajuste con sonrisa, Milei promete el ajuste con motosierra. 

Y Nisman no es solo un fiscal muerto: es el espejo roto donde la Argentina proyecta sus culpas, miedos y disputas, sin atreverse nunca a mirarse de frente. 

Hago este análisis no por obsesión con un nombre propio, sino para que quede claro quiénes juegan realmente el partido en la Argentina. 

El problema no es solo un dirigente que siempre cae parado: es un sistema que lo protege, lo recicla y lo vuelve a poner en juego cuando conviene. 

Mientras la mayoría mueve peones con las manos atadas, una minoría administra el tablero completo: decide qué causas avanzan, qué escándalos se olvidan y qué fortunas nunca pagan costo político. 

Por eso Macri —ayer, hoy o mañana— es menos un individuo que un síntoma. Un síntoma de un país donde el poder aprende a disfrazarse, cambiar de discurso y seguir gobernando desde las sombras. 

Y mientras no cambie ese tablero, siempre habrá otra figura lista para “resucitar”, volver al centro del escenario y jugar impunemente con las fichas ajenas. 

Porque en esta telenovela Argentina no ganan los más justos ni los más capaces: ganan los que saben doblar el tablero cuando la partida se les complica. 

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