Lo buscó 37 años sin saber cómo se escribía su apellido: un posteo viral lo encontró en 10 horas

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Un posteo viral en Facebook reunió a dos amigos que navegaron juntos el Estrecho de Magallanes cuando tenían 17 y 18 años. Germán Symcha, nacido en Quilmes y criado en Florencio Varela, hoy vive en Brasil y fue encontrado gracias a la viralidad de las redes sociales.


«Hola, si te llamás Germán y tu apellido es Simcha o Cimpcha o Zimpcha o Simlla o como se escriba, te estoy buscando amigo». Así comenzó Alejandro su búsqueda en Facebook, sin imaginar que en menos de 10 horas su mensaje tendría 2.300 comentarios y se compartiría 2.900 veces. Y lo más importante: que encontraría a quien buscaba.

La historia es simple pero profunda, de esas que solo la vida en el mar puede escribir. Febrero de 1989. Alejandro tenía 18 años recién cumplidos, Germán apenas 17. Ambos navegaban en el buque gasero francés «Lavoisier», de la empresa alemana Navigas. Uno era marinero de cubierta, el otro de sala de máquinas. Eran los más jóvenes de una tripulación de 29 hombres, pero ya hacían guardias nocturnas, cruzaban el Estrecho de Magallanes en medio de tormentas y mantenían funcionando un gigante de acero que extraía gas en alta mar.

«Cuando te tocaba guardia de noche en el timón en el puente, yo me preparaba un café y me iba al puente a charlar con vos», escribió Alejandro en su posteo que conmovió a miles. Esas madrugadas en medio del océano, con un pibe de 17 años al timón y otro de 18 tomando café para no dormirse, fueron el cemento de una amistad que el tiempo no pudo borrar.

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De Florencio Varela al mundo

Germán Symcha nació en Quilmes pero se crió en el Cruce Varela, en la intersección de Braille y Balcarce. Desde muy chico supo que su destino no estaba en tierra firme. Se embarcó siendo casi un niño en los areneros de La Boca, esos pequeños buques que transportan arena por el Río de la Plata. A los 17 ya había hecho su primer viaje a Europa.

Para cuando conoció a Alejandro en el Lavoisier, Germán ya traía experiencia del «mar frío», como le dicen los marineros a las aguas australes. Había navegado en cargueros y conocía el rigor de las aguas patagónicas. Alejandro, en cambio, venía de un buque factoría y todavía aprendía cómo hacer para que el café no se volcara de la taza cuando el barco se sacudía como papel en un lavarropas.

«Vos mantenías el rumbo en el timón con 17 años y había 27 tripulantes más a bordo que dormían confiando», recordó Alejandro en su emotivo mensaje. Esa confianza no era poca cosa: el Lavoisier extraía gas de una boya en alta mar frente a San Sebastián, navegaba el Estrecho de Magallanes y llegaba hasta Punta Arenas, el puerto chileno más cercano a Ushuaia.

Germán Symcha trabajando como marinero en 1989
Germán Symcha durante sus años de navegación. Hoy vive en Brasil y tiene su empresa de construcciones

Ballenas, albatros y tormentas del fin del mundo

«Nuestra experiencia no puede morir sin que la contemos», escribió Alejandro, ahora de 55 años, casado y padre de dos hijos. Y tiene razón en querer preservar esa memoria: lo que vivieron esos dos adolescentes en el mar no cabe en la imaginación de quien nunca navegó.

Veían docenas de toninas y delfines acompañando el barco, albatros y gaviotas pasando rasante sobre sus cabezas, ballenas curiosas asomándose junto al casco, grupos de tiburones. Pero también vivían el terror de las tormentas australes, cuando el buque «se metía de proa y después la proa miraba al cielo y se metía de popa» y un pibe de 18 años se despedía mentalmente de sus seres queridos pensando que no saldría vivo de ese océano.

«Cada vez que miro un pibe de 17 o 18 años me dan ganas de llorar», confesó Alejandro. «Éramos parte del funcionamiento de un barco gigantesco que extraía y exportaba gas de una compañía internacional».

El último recuerdo juntos es difuso pero emotivo: se bajaron del barco en un puerto de Rosario, probablemente Puerto San Martín. Los padres de Alejandro los fueron a buscar, comieron juntos (o al menos ese es el recuerdo que quedó) y después llevaron a Germán a la terminal. Era 1989. Pasaron 37 años.

El reencuentro que las redes hicieron posible

Alejandro vive hace dos décadas en Villa del Parque, Buenos Aires. Se estableció definitivamente en la ciudad en 2004 y hace años que buscaba a su amigo, pero nunca supo cómo se escribía exactamente ese apellido: ¿Simcha? ¿Cimpcha? ¿Zimpcha? ¿Simlla?

Germán, por su parte, había seguido navegando después del Lavoisier. En algún momento conoció a una brasilera, se enamoró, se casó y decidió bajar de los barcos. En el mar había aprendido a soldar con maestría, así que aplicó ese oficio en tierra firme. Se mudó a Brasil y montó una pequeña empresa de construcciones llamada «Centauro» en Viamão, cerca de Porto Alegre.

Ayer, mientras lustrada un timón de adorno en su casa, Alejandro tuvo una revelación: «Lo tengo que encontrar y nos tenemos que tomar algunas cervezas, porque entre nosotros sí podemos hablar de que vimos docenas de toninas y delfines sin que la gente crea que estamos mintiendo».

Publicó el mensaje en Facebook sin demasiadas esperanzas. La viralidad hizo el resto. En 10 horas, miles de personas compartieron la búsqueda. Y entonces apareció Daniel Symcha, hermano de Germán, quien vio el posteo y reconoció inmediatamente la historia. Le pasó los datos a su hermano en Brasil.

«Ya hicieron contacto», confirmó Daniel, emocionado por la repercusión. Incluso aparecieron otros tripulantes del viejo Lavoisier, ese buque que según leyó Alejandro terminó siendo desguazado hace años, como tantos gigantes del mar que cumplen su ciclo y mueren en algún astillero.

Cuando el mar une más que separa

La historia de Alejandro y Germán es también la historia de miles de argentinos que se hicieron hombres en el mar. Pibes de barrios humildes que a los 15, 16, 17 años se embarcaban en pesqueros, cargueros, areneros o buques gaseros y aprendían oficios duros: soldadura, mecánica naval, navegación.

Germán Symcha en la cubierta del buque gasero Lavoisier
Con 17 años, Germán ya manejaba el timón del Lavoisier en pleno Estrecho de Magallanes

Muchos venían de Quilmes, de Varela, de La Boca, de Dock Sud. Lugares donde el río o el mar están cerca y la necesidad de trabajar también. Se iban por meses, a veces por años. Cruzaban océanos, conocían puertos exóticos, sobrevivían a tormentas y volvían cambiados, con historias que sonaban a fantasía para quienes nunca salieron de tierra firme.

«No quiero parecer un viejo choto hablando de otros tiempos», escribió Alejandro con humor y cierta melancolía. Pero su historia no es la de un viejo nostálgico. Es el testimonio de una época, de una juventud vivida al límite, de una amistad forjada en la cubierta de un barco mientras el viento austral soplaba con furia y dos pibes tomaban café en medio de la madrugada del fin del mundo.

Ahora solo falta que se junten a tomar esas cervezas pendientes. Germán desde Brasil, Alejandro desde Buenos Aires. Dos marineros que hace 37 años navegaban juntos el Estrecho de Magallanes y que gracias a la magia de las redes sociales volvieron a encontrarse.

Porque hay amistades que ni el tiempo ni la distancia pueden hundir.


Nota: El buque gasero Lavoisier, de bandera francesa, operó para la empresa alemana Navigas durante la década de 1980 y principios de los 90. Según registros marítimos, fue eventualmente enviado a desguace. La empresa Navigas dejó de operar en Argentina hace décadas.

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