Si bien el subcampeonato de la Selección Sub-23 en la Copa Asiática significó un gran salto adelante, activó principios milenarios que valoran las derrotas como parte del camino a recorrer. El concepto confuciano del éxito que interpela la mirada occidental.
Por Fernando Capotondo
Durante décadas, el fútbol de China funcionó como un interminable catálogo de errores. El crecimiento económico del país alimentó la ilusión de que inversiones millonarias, estadios nuevos y la contratación de figuras extranjeras alcanzarían para mejorar, casi por inercia, la calidad de un deporte cuya selección masculina hoy ocupa el puesto 93° del ranking mundial de la FIFA. De ahí que, en ese contexto de frustraciones, el reciente subcampeonato de la Selección China Sub-23 en la Copa Asiática despertó un previsible clima de esperanza, que debe leerse no solo por lo futbolístico, sino – sobre todo – desde la profunda postura filosófica que la sociedad china tiene ante el esfuerzo, los obstáculos y las derrotas.
Más allá del avance que significó llegar a una final después de 22 años, la reacción popular frente a la caída 4 a 0 frente a Japón, quizás suene extraña para un simpatizante occidental, acostumbrado a celebrar solo las victorias, sin importar cómo se obtengan. Pero China no funciona desde esa lógica. Para el país asiático, el verdadero triunfo solo se alcanza al recorrer el camino correcto, con algo parecido a la virtud. Se trata de un principio confuciano que está omnipresente en prácticamente todos los aspectos de la vida china y que, por supuesto, acompañó a los jóvenes que participaron del torneo en Arabia Saudita.

En clave china, perder por goleada una final tuvo otro significado. Porque no se trató de un resultado más. La posibilidad de llegar a la máxima instancia del torneo representó una señal de continuidad para un deporte en el que casi nunca hubo una planificación a la altura de las circunstancias. El subcampeonato fue leído menos como una foto y más como una película que, por primera vez, parecía tener algo parecido a un guion.
En este marco, es importante señalar que el recorrido hasta la final estuvo lejos de cualquier épica. China había participado cinco veces en el torneo sin superar la fase de grupos y acumulaba apenas dos triunfos en 15 partidos. Clasificar ya era un desafío y terminar segunda, una excepción dentro de su propio recorrido histórico. Con semejantes pergaminos, a nadie sorprendió los empates sin brillo, las definiciones por penales y el estilo de juego de un equipo austero, disciplinado y decidido a no traicionar lo construido a base de esfuerzo.
Bajo la conducción del español Antonio Puche, el seleccionado entendió rápido que China no podía ni debía imitar a Japón o Corea del Sur. En lugar de forzar una identidad inexistente, armó un equipo acorde a los recursos disponibles y procuró no realizar ninguna promesa grandilocuente. Desde esa aceptación de las propias limitaciones, la reacción social frente al subcampeonato no fue inesperada. Respondió a una forma de entender el progreso que está arraigada en el confucianismo. En esa tradición, sintetizada en la idea de examinarse a uno mismo de manera constante (每日三省吾身) el éxito no se midió en el instante del pitazo final, sino en la coherencia de todo el proceso. Mejorar importó más que vencer, subir un escalón sin romper lo construido valió más que una victoria aislada sin aprendizajes.

A pesar de la edad, esta selección juvenil representó una prueba tangible de madurez. El camino – el tao – funcionó y el método no se rompió, en un proceso en el que tampoco hubo héroes individuales ni relatos salvadores. En otras palabras, el subcampeonato fue leído como el final de un recorrido colectivo, construido desde el orden, el sacrificio y la aceptación de sus propios límites.
“El camino por delante es largo y las verdaderas respuestas están a nuestros pies”, afirmó el mediocampista Wang Bohao, en su regreso a Beijing, en sintonía con una carta de felicitación al equipo que envió la Asociación China de Fútbol (CFA).
Nadie interpretó la derrota ante Japón como una humillación o una revancha pendiente. Perder fue entendido como una simple lección, una idea que remite a una tradición que asume que incluso el vencedor enseña («三人行,必有我师焉» - Entre tres personas, siempre hay un maestro). Esa capacidad de afrontar la derrota sin dramatismos conectó con la paciencia china, otra dimensión fundamental de su cultura. China piensa el fútbol como un proyecto de largo plazo, no como una urgencia inmediata.
Esa mirada también explica el giro que viene ensayando la política deportiva del país. Los nuevos tiempos buscan evitar el antiguo despilfarro de recursos y ponen el foco en el semillero local. El plan oficial contempla el desarrollo de unas 50.000 escuelas modelo bajo estándares de la FIFA y la puesta en marcha de nuevos programas de formación que, de cara a 2030, apunten a que unos 50 millones de chinos se animen a pegarle a la pelota. Menos estrellas importadas, más base social.

Aunque pueda sorprender la insistencia oficial por promover este deporte, las autoridades suelen aclarar que lo consideran parte de su acervo cultural y recuerdan – con orgullo – que en 2004 la FIFA reconoció que el primer antecedente del fútbol moderno fue el “cuju”, un juego practicado hace más de 2.000 años durante la dinastía Han. No se trata de una anécdota arqueológica, sino de una forma de inscribir al fútbol en una continuidad histórica propia, lejos de la lógica de la copia y las urgencias.
En ese contexto, el espejo del fútbol femenino aparece como una confirmación, más que como una excepción. Sus reconocidos logros se construyeron sin atajos, con disciplina, resistencia y una ética colectiva que dialoga con los mismos principios culturales que hoy parece expresar la Selección Sub-23. ¿La antítesis? La confirmación de la Asociación China de Fútbol (ACF) sobre los 13 clubes sancionados por arreglos de partidos y corrupción, y las 73 personas vinculadas con el deporte que fueron castigadas de por vida.
Por todo esto, la escena final de la Copa Asiática, con un grupo de jóvenes exhaustos y alguna que otra lágrima, fue una imagen de futuro. En un país donde el fútbol casi siempre empieza mal y concluye peor, esta vez terminó distinto. No hubo una copa en alto, pero sí la certeza de no haberse desviado del camino. Quizás eso explique, mejor que cualquier resultado, el discreto encanto que a veces tiene perder.

