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Cómo, cuándo, dónde y quiénes encabezaron las primeras tomas de tierra en la zona hace 40 años

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Las tomas organizadas de tierras como la que hoy tiene lugar en Guernica, en realidad comenzaron hace casi cuatro décadas, bajo la dictadura militar y nacieron como respuesta a la ofensiva de expulsar a las familias villeras de Buenos Aires, una iniciativa porteña para abrir amplios terrenos céntricos a la especulación.

Aquellas primeras tomas se produjeron en Quilmes y Almirante Brown, entre septiembre y noviembre de 1981, dando origen a la formación de seis barrios: La Paz, Santa Rosa de Lima, Santa Lucía, El Tala, San Martín y Monte de los Curas. En esas tomas participaron unas 4.500 familias y 20.000 personas, ocupando un espacio de 211 hectáreas. «En ese momento le llamamos ‘asentamientos’, como recuerdo del pueblo judío que saliendo de la esclavitud del faraón, se ‘asentaron’ en el desierto al cruzar el Mar Rojo, para luego marchar a la Tierra Prometida», sostuvo el padre Berardo en una entrevista publicada en la Revista Así (Diario Crónica) en 1997, una de las primeras notas periodísticas que decidió otorgar el cura.

GuillermoDaniel Ñáñez, Magister en Derechos Humanos, periodista e historiador, publicó un informe especial en Infosur el 9 de noviembre del 2006, titulado “Los condenados de la tierra”, en la que aseguraba con un enorme caudal datos que esa expulsión de familias porteñas “determinó el primer enfrentamiento interno de la dictadura. Por un lado la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, por el otro la Provincia de Buenos Aires. Fue el ministro de gobierno de esta última, Fernández Gil quien se refirió al problema el 18 de mayo de 1981: “La provincia como consecuencia de la erradicación (de villas) realizada por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, recibió un éxodo importante de personas que vivían en esos asentamientos, y actualmente debe haber en su jurisdicción 300.000 habitantes en esas condiciones”.

Es en ese contexto social y político se produce la invasión de los terrenos de San Francisco Solano y Guillermo Ñañez recuerda la reacción de los medios de comunicación más comprometidos con la dictadura. El diario “La Razón” del 1° de diciembre de 1981 –que por aquella época era la voz oficiadle la dictadura–, tituló: “Un cuadro de miseria que parece tener inspiraciones sospechosas”, por otro lado el órgano de los “servicios de inteligencia” era la revista Somos que en su edición del 11 de diciembre de 1981 se podía leer en su tapa “¿Miseria o subversión?

Asamblea por toma de tierras en diciembre de 1981.

Juan Brisanoff, un militante político y social, que por aquellos años vivía en el barrio El Tala –uno de los asentamientos– y que Ñañez no solo conocía sino que compartía militancia, solía decir que el modelo que instauró Martínez de Hoz –ministro de economía de Videla– era la planificación de la miseria por medio de la represión y que se sentía “subversivo” porque el pueblo mismo pretendía “subvertir” dicho orden de cosas.

Cuando se producen los asentamientos, la primera reacción fue larepresión. El cerco policial, que nose cansaban de gritarle a los asentados que esas tierras eran de “propiedad privada”. Cuatro décadas después, ¿suena conocido?

El camino a la tierra prometida

Raúl Berardo desembarcó en la parroquia Nuestra Señora de Itatí de Quilmes y empezó a notar el drama de la falta de acceso a un terreno y a una vivienda. Y comenzó a gestarse este impresionante movimiento social y político. Según contó el propio Berardo, antes de llegar a la ocupación, se realizaban talleres de debate y formación, se hablaba de la “tierra prometida”, en el mismo sentido que lo hacían en ese mismo momento las comunidades de base en Brasil (donde se realizaban las primeras ocupaciones de lo que más tarde sería el movimiento sin tierra, impulsadas por la Pastoral de la Tierra), en las que participó Berardo meses antes de llegar al conurbano.

En el invierno de 1981 el régimen prohibió la Marcha del Hambre convocada por las comunidades de base y la CGT de Quilmes (donde sectores críticos eran mayoritarios), registró un dramático empeoramiento de las condiciones de vida de los más pobres. El obispo Jorge Novak expresó que toda la zona era “una verdadera ciudad sitiada por el hambre”, como recoge el libro Las tomas de tierras en el sur del Gran Buenos Aires, de Inés Izaguirre y Zulema Aristizábal.

Los vecinos estuvieron sitiados por militares y policías unos seis meses. Vivían en carpas y no se les permitía acarrear agua, comida. El cerco policial se levantó cuando terminó la guerra de Malvinas y eso llevó a que el barrio se bautizara como 2 de abril, día en que se convocó una asamblea de las quinientas familias para definir el nombre y que está a la vera de la avenida San Martín en Almirante Brown y pegado a Quilmes.

Ese primer asentamiento de miles de personas, en plena dictadura militar, tuvo un profundo impacto en los sectores populares. Esta acción masiva fue pronto imitada y se extendió en forma explosiva. Militantes sociales de La Matanza, por ejemplo, llevaron a los ocupantes de Quilmes para que relataran sus experiencias y facilitaran la organización.
Ya en 1990, menos de una década después, había en todo el conurbano 109 asentamientos, habitados por unas 173.000 personas, de los cuales el 71% estaban en el conurbano Sur.


Agustín Ramírez, el mártir de los asentamientos

Por Guillermo Ñañez*

A la izquierda Agustín Ramírez, militante de las comunidades de base asesinado el 5 de junio de 1988. A la derecha, las zonas en negro marcan asentamientos en Quilmes y Brown.

A medio andar del año 1988 pudever el rostro de Agustín Ramírez (23)en la primera plana de los diarios,yacía en el suelo mirando no se quépunto del infinito, no se qué habrápensado en ese último instante, loasesinaron junto a Javier SantosSotelo (17). Lo conocí porque Agustín, flaco, inquieto nos acompañaba en la ronda de los viernes de laPlaza San Martín de Quilmes juntoa las Madres de Plaza de Mayo. Poralgún lado debe estar algún número de la revista “Latinoamérica Gaucha” que el prolijamente sacabacuando podía.

Además Agustínpertenecía al FOSMO, una organización de objeción de concienciarespecto al servicio militar que poraquellas épocas era obligatorio.

Solía pasar por el “Grill” o por el“Quilmes Bar” y hablábamos depolítica. Luego me enteré que sucompromiso, lo había llevado a laorganización de un nuevo asentamiento y que este hecho le costó lavida. Agustín, mi amigo, es el “Mártirde los asentamientos”.

Suelo recordarlo, pero el tiempo es tirano. Porsuerte en Florencio Varela, existe unbarrio que lleva su nombre y estácompuesto por hombres y mujeresque surgen por el accionar de unasentamiento reprimido en Quilmes,que logró su lugar en tierras varelenses.

*Extracto de la publicación “Los condenados de la tierra” del 9 de noviembre del 2006 en Infosur.


El cura de los pobres y de la tierra

Guillermo Ñañez*

El padre Raúl Berardo junto al obispo Novak en una ceremonia religiosa.

El padre Raúl Berardo, nació en Bolívar, provincia de Buenos Aires, en una chacra donde su padre se deslomó «sin llegar a ser nunca dueño de la tierra» –le dijo a Miguel Briante allá por el ‘82– chacarero, boyero, hombre de a caballo, se hizo cura con la Orden de los Salesianos, descubrió en un libro francés que se podía poner a toda la Iglesia en Misión, «a pesar de la Jerarquía, que siempre estuvo con los poderosos, anduvo a tropezones con sus propias autoridades, trabajó en el puerto de Buenos Aires, recaló en Bernal –»Elegía estas zonas porque acá estaba el pueblo oprimido, el pueblo de Cristo»– y al final, llegó a Quilmes, a Solano, a su Parroquia de Nuestra Señora de Itatí. Es la parroquia justa: ahí estaba su obispo, monseñor Novak, «un pastor comprometido con su pueblo»; ahí estaban en formación las comunidades eclesiales de base, un rescate de la primera Iglesia, la de los pobres, no la de los poderosos.

Entonces, un día –dice el cura Berardo–, vino una vecina del barrio viejo, me dijo que ya no tenían lugar en el terreno, que estaba viviendo de prestado, que si no podía pasarse al terreno de enfrente. Pregunté y me dijo que los terrenos eran fiscales. Pensé, o dije, que la tierra es de Dios. Al otro día vino otra vecina. Le dije lo mismo. Los terrenos no eran fiscales. Ya aparecerían los propietarios: un montón de dueños que en su vida había pasado por el lugar, tierra para especular como bien se hacía por aquellos años, no conocían el arroyo con su hedor, con sus enfermedades permanentes. También apareció la Municipalidad, a constatar violaciones a los códigos y “Menotti” un extraño personaje, que decía trabajar junto con la parroquia, conocer gente del gobierno, ser intermediario de los dueños: dirigía, cobraba unos pesos como adelantos para cada terreno, tenía su propia mafia. Eso sería claro después, cuando el tiempo aquietara detalles y se supieran algunas cosas. La organización de la gente hizo que pudieran echarlo a patadas.

En cinco días, miles de personas se distribuían por las 280 hectáreas divididas en cinco grandes zonas, como agujeros entre los «barrios viejos».

*Extracto de la publicación “Los condenados de la tierra” del 9 de noviembre del 2006 en Infosur.

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