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Un pastor de almas, con fiebre: historias de epidemias que golpearon a Florencio Varela

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Por Graciela Linari

Monseñor León Federico Aneiros es otro de los personajes que en algún momento atraviesa la historia de Florencio Varela y también transita la enfermedad, de la que sale airoso.

Nacido en Buenos Aires en 1826, de padre español y madre argentina, vive una infancia humilde y con necesidades al punto que, de niño, trabaja en un almacén para ayudar al sostenimiento del hogar paterno, tras el temprano fallecimiento de su progenitor.

La enseñanza secundaria la inicia en un colegio jesuita y la completa en otro, regido por franciscanos. Muy joven, a los 20 años, se gradúa de doctor en Teología y dos años después, de doctor en Jurisprudencia. También a los 22 es ordenado sacerdote.

Ejerce la docencia y el sacerdocio a un tiempo; es diputado provincial y nacional; canónigo de la Catedral porteña (donde recibe sepultura a su muerte y un monumento lo recuerda); funda un periódico, “La Religión”; enfrenta a Sarmiento, reconocido anticlerical y, en 1871, es designado obispo.

Apenas iniciado en su nuevo rol se desata en Buenos Aires la epidemia de fiebre amarilla, flagelo que no respeta antecedentes ni títulos. Cae enfermo, gravemente, y sufre la pérdida de su madre y de una hermana.

La ciencia –y las plegarias- se unen en su ayuda y supera felizmente la fiebre, enfermedad que abate a medio centenar de sacerdotes y religiosas y a unas 30.000 almas.

En el transcurso de esta epidemia cobra protagonismo la figura de un médico joven –Tomás Liberato Perón- a quien la historia recordará luego no sólo por ser médico sino por ser el abuelo del luego tres veces presidente de los argentinos, Juan Domingo Perón. El profesional, primer docente que dicta en la Facultad de Derecho la cátedra de Medicina Legal, como miembro de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, integra la Comisión de Sanidad que prohíbe a los saladeros, en Buenos Aires, arrojar al río de la Plata los efluentes de sus establecimientos.

Monseñor Aneiros, recuperado de la enfermedad y en ejercicio de sus funciones religiosas, llega al recién reconocido pueblo de San Juan (hoy Florencio Varela) –en 1873- como parte de las visitas que lleva adelante por toda la Provincia en cumplimiento de su misión. (Una de sus preocupaciones sacerdotales es la de evangelizar a los pueblos originarios por lo que recibe el apodo de “el obispo de los indios”.)

Es él quien designa, al frente de la pequeña capilla existente, a José María Fonteriz, un joven sacerdote español que suma a sus obligaciones religiosas, la función de docente en la escuela improvisada en los altos de la casa de Santiago Rosselli, a un lado de la plaza, muy cerca del Camino Real.

El prelado repite la visita en 1877, cuando ya el templo de San Juan Bautista se halla en construcción.

Superada la epidemia, las autoridades de Buenos Aires ponen en marcha las acciones necesarias para tender la imprescindible red urbana de agua corriente y cerrar así la triste historia de esta ciudad en la que un testigo de lujo –el escritor Paul Groussac- ubica a “centenares de enfermos que sucumben sin médico en su dolencia, sin sacerdote en su agonía, sin plegaria en su féretro”.

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