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Descatadas

Miles de fieles veneraron al Gauchito Gil en Florencio Varela y alrededores

En Ingeniero Allan, Florencio Varela, se encuentra uno de los bastiones de la creencia popular que santificó a un gaucho rebelde. Los 8 de cada mes congrega a miles de fieles que llegan con ofrenda de todo tipo. “Es una ruta más corta para llegar a Dios”, dicen los expertos para graficar la fé que se moviliza en torno a la imagen. Y este último 8 de enero, el día del santo popular, miles de fieles veneraron con música, canto, danza, rezos y hasta fuegos artificiales.

Pero no es el único lugar donde se profesa la fe por el gauchito. Un camionero de manos robustas y tez morocha, desciende de su no menos chiquito camión y a pasos largos recorre la distancia que lo separa de una Hermita que se levanta en el Parque Pereyra Iraola en nombre del Gauchito Gil. Es que la devoción por el gaucho rebelde, cuya tumba se levanta en la ciudad de Mercedes en Corrientes, ya no es un fenómeno en la zona. Es una realidad.

Sólo en el Pereyra se levantan unos cinco santuarios, con la imagen, envases de agua y cervezas, y las clásicas banderas rojas que flamean al viento.

La iglesia católica los mira con recelo, porque Curuzú Gil de Mercedes pasó a formar parte de esa larga lista de santos profanos, canonizados por el querer de un pueblo que les rinde tributo, todos lo días, pero especialmente, cada 8 de enero.

No sabemos lo que el camionero pidió, sólo se arrodilló frente a la imagen y se marchó, como quien cumplió un rito que viene de antes, mucho antes quizás de su propia existencia.

Pero curiosamente, este cambio en la fe de los argentinos no significa un alejamiento de las religiones. Es un tiempo de múltiples expresiones religiosas, 2.800 según el Registro Nacional de Cultos no católicos en el país. Y en un país donde según las últimas encuestas nueve de cada diez personas dice creer en Dios (según la consultora Gallup), las devociones son tan diversas que, a la vista de los expertos, están transformando buena parte del campo religioso del país. En Argentina existe una larga tradición de santuarios a la orilla del camino. La devoción a Ceferino Namuncurá (hijo de un cacique mapuche cristianizado y protegido por la Iglesia Católica) y a la Difunta Correa (Deolinda Correa, joven madre que en el siglo pasado debió huir de su pueblo con su pequeño hijo, murió de sed en el desierto, pero milagrosamente continuo amamantando a su bebe), son las más tradicionales.

Esta realidad es explicada por los expertos como una ruta alternativa y más directa de encontrarse con sus creencias. “La gente busca menos intermediarios, menos burocracia, una relación más directa con lo sagrado”, dice el antropólogo Pablo Wright al diario porteño Clarín. Un dato podría estar avalando esa hipótesis: un reciente informe de la Iglesia Católica argentina se mostró preocupado porque necesitan el doble de los casi 6.000 sacerdotes que tienen en la actualidad y se les hace cada día más difícil entusiasmar a jóvenes para que se conviertan en seminaristas.

Lejos de todo eso está el Gauchito Gil. La enorme movilización de pobladores del litoral hacia estas zonas, trajo consigo sus costumbres y creencias. En Rafael Calzada y en Ingeniero Allan, se levantan dos de los santuarios más populares de Curuzú Gil. Allí, todos los 8 de cada mes, se reúnen al ritmo del chamamé para rendirle tributo.
El de Ingeniero Allan en Varela es sin dudas uno de los santuarios del conurbano que más fieles concentra en el año. Es un enorme predio en la Avenida Hudson, muy cerca del solar natal del eximio escritor.
Allí se conocen historias sorprendentes, cargadas de creencias y emociones. Están aquellos que dejan flores, o solo un rezo. Y están los dejan junto a la imagen del santo radiografías, estudios de salud Y más aún aquellos que ofrendan títulos secundarios y hasta terciarios en cumplimiento de una promesa al gaucho.
En los altares, como testigos de esta ferviente devoción, quedan vestidos de novias o de cumpleañeras de 15, fotos y otros regalos.

Cómo nació la leyenda

Fue como casi todas las leyendas que surcan el devocionario popular. Con una muerte injusta. Antonio o Curuzú Gil fue asesinado hace más de un siglo y medio, después de una fiesta de San Baltazar, que todavía se festeja en Corrientes.

Su historia está marcada por el nombre de una mujer. Estrella Diaz Miraflores. Ella no solo era la heredera de la estancia donde el gaucho trabajaba. También era la prometida del comisario del pueblo. Por eso, un día abandonó Mercedes y se alistó en la Guerra de la Triple Alianza, esa triste guerra que enlutó al pueblo guaraní. Cuando lo convocaron para pelear en la lucha entre celestes y colorados, Gil eligió desertar. Montado en su caballo vagó por el monte y los esteros. Para sobrevivir se dedicó a robar, y como nada podía llevar en su constante huída, repartía el botín entre los campesinos que encontraba a su paso. Algunas familias recuerdan que las mujeres, antes de dormir, preparaban caballos por si el gauchito los necesitaba por las noches.

Lo atraparon después de la fiesta de San Baltazar que organizaba Sia Maria la Brasilera. La partida policial lo sorprendió durmiendo la siesta entre unas plantas de espinillo. Allí Lo degollaron cabeza a bajo y con su propio cuchillo. Poco después llegó el indulto de las autoridades, pero ya era tarde. Sus últimas palabras fueron para su verdugo. Una de las versiones más difundidas sostiene que el gaucho dijo: “Vos me estas por degollar, pero cuando llegues esta noche a Mercedes, junto con la orden de mi perdón, te van a informar que tu hijo se está muriendo de mala enfermedad. Como vas a derramar sangre inocente, invócame para que interceda ante Dios Nuestro Señor por la vida de tu hijo, porque la sangre del inocente suele servir para hacer milagros”.

Poco tiempo después, cuando el gauchito ya estaba muerto, llegó la noticia de indulto. El sargento, cuyo nombre se tragó la historia, volvió a su casa y se encontró con su hijo doliente de algo que los médicos no podían definir. Cargo sobre sus hombros una cruz de espinillo y fue hasta el campo donde yacía el cuerpo. Después de enterrarlo, le pidió perdón y que intercediera para curarlo. Se convirtió en el primer devoto del Gauchito Gil.

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