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Hace 50 años, un grupo de la JP y el dueño de Crónica intentaron la “recuperación” de las Malvinas

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Un grupo de 18 militantes de la Juventud Peronista llevaba a cabo hace 50 años -el 28 de septiembre de 1966- la simbólica recuperación de las islas Malvinas, en una acción a la que se llamó Operativo Cóndor, un plan que comenzó con el secuestro en pleno vuelo de un avión que fue desviado hacia el archipiélago, donde se izaría la bandera argentina después de 133 años.
“Lo que hicimos fue un acto de presencia; una manifestación de soberanía en un territorio que forma parte de Argentina. Sabíamos que era una acción arriesgada, pero estábamos conscientes de las consecuencias que podíamos afrontar”, rememora en diálogo con Télam Norberto Karasiewicz, uno de los protagonistas del Operativo Cóndor.
Karasiewicz tenía entonces apenas 20 años y era un obrero metalúrgico que militaba en el peronismo, cuando Dardo Cabo, un curtido activista de los sectores más combativos del justicialismo, lo convocó para sumarse a la arriesgada misión de viajar a las Malvinas con el propósito de “reafirmar los derechos del país” sobre esos territorios.
“Nos conocíamos con Dardo de protagonizar huelgas y hechos de resistencia en los años de proscripción. Él era un tipo muy conocido y respetado por los distintos sectores del movimiento, a pesar de que sólo tenía 25 años”, evoca ahora Norberto en la humilde vivienda que habita hoy en la localidad bonaerense de Villa Martelli.
La idea del operativo empezó a gestarse un año antes, cuando se conocen Dardo y María Cristina Verrier, una periodista y escritora que se acercó al joven dirigente con la intención de hacerle una nota que marcaría el inició de la relación que los unió por más de una década.
Un mes antes, Cabo convocó a un grupo de 16 militantes y les comunicó cuál era el propósito y las consecuencias de aterrizar con un avión en las Malvinas, que iban desde la cárcel hasta la muerte.
“Tres días antes de viajar, nos concentramos en el camping de la UTA, en Ituzaingó. Nos entrenamos, nos preparamos y recibimos apoyo espiritual para afrontar la misión que íbamos a cumplir”, relata Karasiewicz.
El plan requería apoderarse de un avión DC-4 de Aerolíneas Argentinas, que hacía una ruta regular hacia Tierra del Fuego; y la fecha para la concreción del Operativo no resultó casual, ya que en esa nave viajaba el contralmirante José María Guzmán: era el gobernador de facto de un territorio que comprendía a las Malvinas, pero estaba en ascuas sobre el operativo.
“La idea era llegar con Guzmán a las islas y ponerlo en posesión del territorio, pero él se negó, claro. Además, por esos días visitaba el país el príncipe Felipe de Edimburgo, cónyuge de la reina Isabel, que había venido a jugar un partido de polo. Bueno, también teníamos ganas de que se armara lío diplomático”, explica Norberto con sonrisa cómplice.
Verrier había viajado varias veces en ese vuelo y tenía estudiados varios aspectos, y se encargó de pasar el dato de que ese vuelo, el 648, trasladaría a Guzmán a Ushuaia.
El DC 4 despegó desde Buenos Aires a las 0.30 y llevaba un pasajero célebre que había sido convocado por Dardo Cabo con la promesa de “tener una gran primicia”, y se trataba de Héctor Ricardo García, editor del diario Crónica y de la revista Así.
García decidió asistir a la cita armada por Cabo y se presentó esa noche en el aeropuerto con la esperanza de cubrir alguna noticia que tuviera que ver con la presencia de Ernesto “Che” Guevara en el norte de Argentina o la ubicación del cadáver de Eva Perón.
“Pero se encontró con todo esto y lo contó para la revista Así. Escribió una nota que nos dejó bien parados”, sostiene Karasiewicz respecto de la nota que escribió García sobre la travesía.
A las 6 de la mañana, y cuando el avión volaba sobre la Bahía San Julián, en Santa Cruiz, Dardo Cabo y Alejandro Giovenco -quien entonces tenía 21 años- se dirigieron a la cabina del piloto, Ernesto Fernández García, quien sorprendido, sólo atinó a reírse cuando le dijeron que debía desviar el rumbo hacia las Malvinas.
“No jodan, muchachos”, afirmó el piloto, y recibió como respuesta una cortante orden de parte de Cabo: “Esto no es chiste, estamos armados. Haga lo que le decimos”.
Fernández García adujo que no conocía el rumbo que debía tomar porque la empresa no iba a ese destino, pero Dardo Cabo le facilitó las coordenadas y le comunicó que el avión tenía “combustible de sobra” para llegar a las Malvinas.
El aterrizaje se produjo a las 8, en una pista de turba, y pese a la gran maniobra que realizó, el piloto no pudo evitar que una rueda de la nave se hundiera en el suelo del aeródromo de Puerto Stanley.
La presencia del avión se convirtió en toda una novedad para la comunidad isleña, y varios de sus integrantes concurrieron al aeropuerto a ver qué pasaba, y algunos de ellos fueron tomados como rehenes por los argentinos, entre ellos varios agentes de la policía local y el capitán de las fuerzas de defensa, un mercenario de origen belga que había servido en el Congo.
“Cantamos el himno y Guzmán, que era el gobernador del ese territorio nos dio la espalda y eso lo vivimos como una traición. Izamos la bandera argentina en un mástil que había en la pista y mandamos al resto de los pasajeros a las casas de los isleños”, recuerda en la cocina de su casa.

Dardo Cabo comunicó al continente que el Operativo se había cumplido con éxito y la noticia se recibió con mucha efervescencia en los ambientes políticos y estudiantiles de Buenos Aires; sin embargo, el dictador Juan Carlos Onganía calificó al hecho como “un acto de piratería”, temeroso de que se generara un incidente diplomático con Gran Bretaña.

Tras 36 horas de permanencia en el aeropuerto y la entrega de una carta al gobernador de Malvinas, Sir. Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard (ausente ese día), los argentinos se rindieron tras la negociación del sacerdote católico que oficiaba en las islas, el holandés Rodolfo Roel, quien durante el operativo ofreció una misa para los argentinos.
“Al final, nos fueron rodeando con los otros soldados y policías que había en Malvinas. Nos apuntaron con armas largas y cañones antiaéreos. Roel nos convenció de que nuestra misión estaba cumplida”, repasa Norberto.
Tras la rendición, “los cóndores” quedaron alojados en un galpón y luego trasladados al buque de la Armada Argentina Bahía Buen Suceso, desde una lancha carbonera, en un traspaso que se hizo en alta mar.
“Una semana después llegamos a Tierra del Fuego, nos desembarcaron de noche para que la gente no nos viera, pero igual hubo una gran concurrencia. Eso se pareció un poco a lo que vivieron los soldados después de la guerra de Malvinas, cuando los escondieron en Campo de Mayo”, compara.

Los integrantes de operativo fueron alojados en el penal de Ushuaia y juzgados por la justicia de Tierra del Fuego, quien al no existir jurisprudencia sobre piratería aérea se limitó a dictar condenas por el delito de privación ilegítima de la libertad, portación de armas y asociación ilícita.

Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez debieron pasar tres años en prisión, debido a sus antecedentes penales, en tanto que el resto de los integrantes de la misión quedaron libres tras nueve meses de confinamiento.
“Nunca me arrepentí de nada de lo que hice y creo que junto con esos compañeros nos jugamos por una causa nacional. Como pueblo tenemos que seguir peleando para que se cumpla la resolución 2065 que exige a Gran Bretaña el inicio de una negociación por la soberanía de Malvinas. Esa es nuestra lucha ahora”, concluye.

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